La luz del baño me levanta. Amarilla, sucia. Desde un vestíbulo de la vigilia oigo a mi padre afeitarse, cortarse el cabello y echarse agua. La oigo correr en un ligero chapoteo. Lo imagino intentando no hacer ruido y moviéndose cauto. Veo el despertador: le he ganado al tiempo. Últimamente me despierto dos veces en la noche, como dos intermitentes despertares, dos islas en la oscuridad. El primer despertar es claro, beatífico y lleno de una lucidez indecible, casi como una emanación profética. El segundo es ácido y desalentador; es un campo de batalla donde reina el desorden y el aturdimiento. Y el miedo, un miedo íntimo que no se borra a la luz del día como otras pesadillas.
En mi niñez, el terror era un horror simbólico: sombras acomodadas en los resquicios, ventanas abiertas y el viento siseante. Ahora han tomado un cariz más humano y por ende, más real. Sueño cómo será el día en que no despierte a la luz del baño y el agua caer. En comedores solitarios con los platos puestos.
En casas vacías.
Me levanto y me visto, salgo a la sala y el viejo está asomado al balcón. En la cocina se oye chisporrotear el café sobre la hornilla. Entro al baño, me lavo la cara y a dos toques de puerta, salgo. Desayunamos en silencio, ahuecando las tazas calientes.
(...)
En la salida del edificio solo hay dos farolas alumbrando. Esta es una luz blanca que riega el asfalto. Mientras bajamos la calzada, comienza a parpadear.
—Es casi como si ayudaran a los malandros—dice mi padre envuelto en su chaqueta roja.
—No tienes que acompañarme siempre a la parada—digo exhalando humo blanco.
Él me presiona el hombro. Son cosas de la paternidad, parece decir.
Llegamos a la parada y oímos las santa marías levantarse. En la avenida vacía, un sonido hueco; tiene un tañido de naturaleza muerta, de no retorno. Vemos las demás sombras envueltas desfilar. Mi padre me señala a un hombre con el mentón hundido en el pecho, altísimo y que da grandes zancadas. En la vaporosa iluminación se ve contorsionado, doblado en sí mismo, de igual manera no le podemos quitar la mirada; es surrealista y tenebroso. Pasa el primer autobús rociando aire helado, no se detiene.
—¡Qué vaina!—dice mi viejo sobándose las manos.
La figura amorfa del hombre se acerca. Nos saluda y pasa de largo. Llega uno, me despido del viejo y subo.
Las calles a las cuatro de la mañana son terriblemente solitarias. Están húmedas y sucias. Solo se oye el rumor bajo de las pisadas que se dirigen al metro. Antes, dada la escasez de efectivo, me iba en los vagones. Esperar a que el encargado a cierta distancia y con una vara abriera la reja metálica, era un caos. La gente saltaba los torniquetes y los perros jubilosos correteaban y ladraban. Una vez, en la espera oscura, un hombre intentó arrancarle el bolso a otro hombre. El segundo hombre se volteó y el eco del disparo elevó una nube blanca en la atmósfera fría. El primero, el asaltante, cayó en la acera. Una señora gritó “¡Dios-mío-ampáranos!” y los perros se acercaron a olfatear. Luego todos se voltearon a esperar que abrieran. Un niño agarrado del brazo de su madre se giró y observó cómo los chuchos desnutridos lamían la sangre. Nadie se volvió. Nadie lloró.
Así que ahora mientras espero que carguen los autobuses a Caracas no importa cuánto lo intente, pienso en que morir de esa manera debe ser muy triste. Crecer, tener momentos que tú crees maravillosos, y morir. En mi mente todas las mañanas el hombre nace y muere, muere y nace hasta el infinito.
—Ya hay dos estudiantes, no se suben más—grita el colector arrebujado en una chaqueta negra de cuero a la fila de personas.
Digo que pagaré el pasaje completo, no el descuento que le hacen a los de tercera edad ni a los universitarios.
—Bueno. Súbete, pues—dice contando los billetes rápido, casi sin mirarlos.
En el asiento compartido se deja caer un vejestorio. Lo miró largo rato. Su piel morena está curtida por el sol y usa un largo bastón de cáñamo. Se abriga en un poncho peruano. Dos jóvenes riendo se acomodan en el puesto que sigue.
—¡Melany me vas a aplastar! Pide permiso, muchacha—dice el chamo mientras se levanta para que su amiga pase.
—Es que a mí me gusta la ventana—dice Melany. Su voz es preciosa.
Por la ventana solo se suceden escenas desoladas. Hombres cruzan la autopista. Los colores de los automóviles sobre el pavimento. Antes de dormirme el anciano me toca el hombro. Todos duermen con las cortinas corridas.
—¿Has leído la biblia, chamo?—inquiere con una voz suave, tersa.
Pienso si no será uno de esos alunados que se montaban en los trenes gritando y llamando a la dicha del cielo para luego pedir limosna. Niego en silencio. A la luz que se filtra por los cristales sus ojos son negros. Profundos y hablan de la inmensidad del vacío. Comienza a hacer frío.
—Yo tampoco. Pero una vez, yo era taxista y me encontraba en un sitio peligroso. Sabía lo que me hacía al llevar aquel tipo, pero tú sabes, necesitaba la plata. Nos movemos por muchas calles silenciosas y en eso me dice: "Bájate, viejo" con una voz carente de emoción. Te estoy diciendo que eso hará uno tres años. Yo me bajo e intento arrancar la llave del contacto y correr. Es que mi carrito, un corsa, era nuevo y no quería perderlo. El tipo se arrecha y me batuquea contra el piso. Estábamos... ya te voy a decir... Bueno, no recuerdo. Era como un basurero, aunque de noche no pude ver bien, me pareció un basurero. Bueno, me lo pareció después. Allí tirado mientras el hombre me patea, me di cuenta que me veía a mí mismo en un ángulo extraño. Como si fuera ajeno a la paliza que me están dando. Entonces, el tipo me levanta y me obliga arrodillarme—al menos al cuerpo que era yo—con la cabeza al asiento del copiloto. Yo le digo, la persona que era yo dice que se calme, que le va a dar el carro. Entonces, dispara. Yo no sentí nada, volvía a estar en mí. Me palpé la nuca y no había nada.
La historia narrada en ese tono suave, me producía una extraña sensación de aprehensión, de miedo. Además la temperatura descendió.
—Me levanto y ahí está el tipo tirado. Con un balazo en la nuca—continúa el hombre— ¿Por qué Dios me salvó muchacho? ¿Por qué no a tantos otros? He contado esta historia muchas veces y todos me dicen que estoy loco. ¿Tú que crees? ¿Es que Dios juega a los dados?
Yo le creía, sin tener razones, le creía. Se echó hacia atrás y calló un momento, pareció dormirse. Iba a hacer lo mismo cuando dice:
—Quizás estamos todos muertos ya.
Lo miro y me devuelve la mirada en silencio cuando alguien grita, se oye un ruido metálico debajo de las ruedas, a chatarra molida. Chirriante, como un grito desesperado. Espío por las cortinas entreabiertas pero sea lo que sea que haya sucedido fue del otro costado.
—Chocamos con una camioneta. Voy a llegar tarde—dice una señora elegante de traje y corbata.
Un hombre se baja primero, vuelve, dice que hay cuatro autos involucrados. Que bajemos.
A unos kilómetros de allí hay una caseta de policía que parece una choza india. Es un pedazo de carretera triangular, con dos patrullas y a su espalda un vertedero pestilente. Allí observamos los treinta y tres pasajeros como oscila el humo en la neblina. En una danza negra y blanca. Por fin se baja el conductor, que no había visto antes y me parece muy joven. Casi de mi edad.
—Mira y ¿qué hacemos nosotros? A mí me das mi pasaje chamo—arremete una señora mayor con un bolso a la cadera.
—Está muy caro para pagar dos pasajes— se planta frente al parachoques hirviente y mira al conductor y al colector que están embelesados calculando los daños. El colector es más viejo, quizás padre e hijo. El amanecer enciende el cielo de rojo.
—Que vaina, Iván—dice el recolector. Y yo veo en sus ojos la resignación, la desesperanza. Quizás no vuelvan a cargar pasajeros. Quizás no puedan costear el choque.
Los dos policías se acercan y alejan a la señora. Pienso en mi viejo. Levantándose cada madrugada y moverse en silencio para no hacer ruido.
El conductor se sienta en el arcén con las manos en la cabeza
Frente a nosotros los autos rodean a los carros heridos y siguen su camino. Levantamos las manos a los autobuses que pasan y nada, no se paran. Como si nos ignoraran. Como si no recordaran que estamos allí. Me siento en el arcén y veo a esas almas ir y venir.
—Ay señor, parese que hace frío—dice una señora con una niña en brazos.
Vemos las luces, rojas y verdes, humedecer la carretera. Veo el cielo lechoso. Intento buscar al viejo del poncho peruano, solo veo algunos caminantes perderse en la oscuridad reciente. Los veo encaminarse a probar suerte si alguien s detiene y nos lleva.
Nadie se giró.
Nadie lloró.
Quizás ya estamos muertos.