Mis sentimientos eran reales y eran genuinos hacia él. Realmente me encantaba hablarle y saber de su vida por doquier. Me encantaba cuando me abrazaba y me daba su opinión sobre el mundo, mientras tocaba sus risos y besaba su rostro. Simplemente me encantaba él, cada segundo, cada momento me encantaba.
Quería ser parte de su mundo, conocerlo y compartir con él, no me importaba si eran unos segundos, unos días o un par de años. Sólo quería acompañarlo.
Sabía que era una locura desde el principio hasta el fin, pero yo sentí algo, algo que no suelo sentir, que me hizo querer intentarlo aun sabiendo que si la cosa no fluía yo era la que tenía las mayores de perder, y realmente creía que por un momento él sentía lo mismo por mí, pero quizás yo sólo no vi bien, o quizás sólo vi lo que quería ver.
Quizás yo sólo fui un buen soporte para pasar las penas. Un juguete con el cuál te diviertes mientras olvidas que tu vida apesta. Esa copa de ron que te bebes para olvidarte del amargo día.
Quizás eso fui yo, sólo un lindo entretenimiento, hasta que la chica anhelada apareciera de nuevo a su vida y a su centro.
Y trataste de ser semi-honesto, pero dejaste muchas piezas en silencio. Muchas piezas encapuchadas en cemento. Un cemento que pesa y que duele, más de lo que tú te imaginas, más de lo que tu deseas.
Y podría escribirte y preguntarte ¿Pero ya para qué? Dejemos que muera, y si no termina de morir solo, rela, yo me encargo de matarlo. Soy muy buena en eso. Lo mataré y lo volveré pedazos, hasta que no quede ni un suspiro, ni un aliento, ni un mero sentimiento. Hasta que se me olviden si tus ojos eran marrones o negros.
¿No me crees capaz? Ay cariño, yo soy demasiado decidida y cuando quiero que algo muera, lo mato sin clemencia. Lo mato sin aliento. Simplemente lo mato.