No estaba preparado. Fue a través de distintas lecturas filosóficas, del amor fraternal de mis padres, del barrio donde nací, que me empujaron o aprendí por responsabilidad propia a que no existe una finalidad en el vivir de la vida.
Y debato constantemente entre el gran amor y la fuerza con que me impulso hacia la vida, y la perdida de peso en la báscula de el servido por la vida.
Y en ese vacío, lleno de nada, donde ni los valores, ni la ética cubren una importancia relevante, ya que las considero herramientas útiles para el buen vivir en sociedad, en un grupo de personas normalizadas en un mismo entorno,y en las que se pierden los derechos de libertad al nacer.
Por ello, el salto al vacío, es liberación como mi propio encarcelamiento. Ahora toca aceptar, quiero aceptar y vivir de la manera que considero digna para mí y no para ellos.