Una leyenda proveniente de los llanos venezolanos, específicamente en Guanarito – estado Portuguesa, a mediados del siglo XIX, la cual relata la historia de un ánima maldita que, por matar cruelmente a su padre, deambula por las llanuras venezolanas. Y se le reconoce por su silbido, y el sonido de los huesos de su padre chocando unos contra otros, dentro de su saco, el cual suele llevar en su espalda.
El silbón deambula por las llanuras, mayormente en tiempos de lluvia, principalmente en búsqueda de mujeriegos y borrachos, a los cuales castiga, a los primeros les abre la barriga para beber el alcohol que estos han ingerido anteriormente, y a los segundos, los mata y posteriormente guarda sus huesos en el saco donde reposan junto a los de su difunto padre.
Aseguran que es una forma de alta estatura, con sombrero, que va deambulando y silbando, también con sus pasos se mueve su sucio y ensangrentado saco donde guarda los huesos de sus víctimas, los primeros fueron los de su padre.
El escalofriante silbido de este ente maldito, va en la escala del Do, Re, Mi, Fa, Sol, y peculiarmente, entre más cerca se escucha, el peligro de ser su víctima es menor, sin embargo, cuando más lejos se escucha, el peligro es inminente, la muerte está al acecho. Son pocas las cosas que podría salvarle de su presencia y posible muerte, como lo sería llevar ají picante, el ladrido de un perro o un látigo (Pronto sabremos porqué)
Origen del Silbón:
En vida, cuando este ente maldito yacía dentro de su cuerpo físico, era un joven que había crecido inmerso en el libertinaje y los absolutos excesos, de fiestas, de alcohol y de sexo promiscuo y desenfrenado como el pan de cada día. Dentro de sus excesos, también se encontraban sus actos violentos, por lo que causó la muerte de varias personas, porque el admitía ser malo, estar dañado, torcido.
En ocasiones estuvo preso, donde recibió los peores tratos inhumanos, golpes, insultos, cualquier manifestación de la degradación al ser humano… Y luego de un tiempo, al salir de prisión, quiso enderezar su vida, y decidió volver con sus padres, quienes lo recibieron de brazos abiertos.
Recuperando la relación con su padre, le invitó un día a ir de cacería, y adentrados en el campo, se encontraron con un árbol realmente desagradable a la vista, torcido, enfermo. Y el Silbón le pidió a su padre que lo enderezara, porque estaba obstaculizando el camino. Su padre le respondió que eso ya no era posible, porque sólo se puede enderezar cuando es pequeño, en los primeros momentos de su existir.
Escuchando la respuesta de su padre le vociferó: “Y SI SABES ESO ¿POR QUÉ NO LO HICISTE CONMIGO? ME DEJASTE SER UN SER MALINGO, TORCIDO, DAÑADO, Y AHORA YA NO PUEDO CAMBIAR, Y LA VERDAD ES QUE TE QUIERO MATAR”
De esta manera, ejecutó su acto dándole muerte a su padre, apuñalándolo sin parar, lo despedazó y metió sus restos óseos dentro de un saco, todo esto a causa del sufrimiento que tuvo que padecer, porque nunca lo enderezaron a tiempo, atribuyéndole esa falla a su padre.
Días más tarde, su madre se enteró del terrible hecho cometido por su hijo, y lo maldijo; posteriormente en ayuda de otros familiares, lo amarraron, le arrancaron la piel de la espalda a latigazos y le frotaron ají para que sintiera el más intenso sufrimiento, luego, lo exiliaron de su casa y de sus tierras, perseguido por el perro de la familia Tureco, como instrumento de la maldición que le impusieron para que no tuviese nunca descanso, ya que el perro le ladraría sin parar cada vez que este se detuviese a descansar, hasta más allá de la muerte.