
Fuente: archivo personal
El mar invisible fue publicado por Monte Ávila Latinoamericana en 1990, volumen que reúne los siguientes cuentos: «El mar invisible», «Sombra de luna», «Primer movimiento», «Una disputa» y «En la playa». Como ya hemos señalado, estos relatos se alejan de lo que fue la propuesta inicial del escritor, marcando de este modo un estilo y una estética distinta, que deja de lado –aunque no del todo– la narrativa fantástica, y se aproxima más al cuento de corte tradicional. Aunque no nos engañemos, la variedad estilística de Guerra puede dar muestras de formas muy diversas y vanguardistas, sin estridencias ni falsas poses, y esto porque, como ha apuntado Ana Teresa Torres (2000: 274), en este escritor encontramos «un lenguaje cuyo tono y estructura acompañan perfectamente el discurso narrativo. Donde entre lo formal y lo temático no tiene caso diferenciar porque el ensamblaje se ha trabajado con cuido, con oficio y con ternura».
En El gesto de narrar Julio Miranda (1998: 394-395) ha observado varios aspectos relevantes que queremos rescatar. Está, por ejemplo, la mirada de la infancia, desde cuya perspectiva se matizan los hechos narrados. No es un narrador infantil o que intenta recuperar el paraíso perdido que tradicionalmente ha representado la infancia; sino un adulto que mira a través de los ojos del niño y relata sus descubrimientos y experiencias iniciales, recurso con el que las narraciones adquieren un tono y matiz particulares. Junto a esta mirada aparece el espacio del campo petrolero, que será una constante que se reelabora en relatos posteriores de al menos otros dos libros.
Estos elementos –el de la mirada de la infancia y el espacio del campo petrolero– han contribuido a leer estos cuentos como una posible biografía del autor; recordemos, en este sentido, que Rubi Guerra nació y vivió en un campo petrolero hasta los siete años de edad. Ha confesado Guerra que estos relatos, en efecto, están inspirados en sus propias vivencias; lo que no significa que se trate en su totalidad de experiencias suyas; permanecen detalles, pequeños núcleos, fragmentos de historias que son incorporados y reelaborados por la ficción literaria.
Sostiene Julio Miranda que en estos cuentos «la muerte es el elemento común de estas vivencias iniciales, a modo de terrible “lección”» (ídem). Observa igualmente la presencia de un tema que será recurrente en narraciones posteriores, el «desarraigo [del] hombre ante los azares de la existencia». Apuntemos un rasgo más: el de la mirada colectiva, la perspectiva de todo un grupo a través del cual se nos narran los hechos, las masas que actúan como un solo personaje con un peso importantísimo dentro de las historias; incluso aunque se trate de una sola voz, ésta traduce el sentir de ese colectivo, su conciencia, y generalmente funciona y actúa como sancionador moral y social del extraño y su conducta. La técnica, que puede tener resonancias profundas y sutiles en las narraciones, reconoce Guerra fue aprendida de William Faulkner y Juan Carlos Onetti, dos de sus grandes maestros literarios.
Si quieres leer el primer post de esta serie dedicada a la obra de Rubi Guerra, puedes hacerlo aquí.