Estamos asistiendo a una serie de crisis sociales en distintos puntos de latinoamérica que merecen una mirada crítica amplia para poder determinar la cuestión de fondo que las provoca. Se trata de manifestaciones que se caracterizan por una violencia desmedida, que en ningún caso debería justificarse.
Manifestantes bolivianos se oponen a la perpetuación indefinida en el poder.
Son crisis que requieren de la intervención inmediata de las autoridades competentes, con medidas directas que tiendan a reestablecer el orden. Sin embargo, se observa en muchos sectores que estos lamentables sucesos están siendo utilizados para alimentar sus discursos extremistas e irresponsables, con los que no hacen otra cosa que fomentar aún más la violencia.
En el último mes las crisis sociales más notorias han sido la de Chile y la de Bolivia. Resulta interesante que coincidan en el tiempo porque al tratarse de crisis que reaccionan ante gobiernos que los discursos extremistas perciben como diametralmente opuestos entre sí, las contradicciones de estos discursos quedan en evidencia para cualquiera que se dedique a observar la realidad sin suscribir a uno de ellos.
Y debe decirse que es el discurso del populismo de izquierda el que entra en peores contradicciones. Y ello debido a que los actores se alinean detrás de su discurso sin excepciones y sin dar ningún tipo de concesión. En tanto que en el discurso que suele ser caracterizado por aquellos como neoliberal o de derecha, se hallan más matices entre los supuestos portavoces, e incluso concesiones o coincidencias con algunas de las posturas de la extrema izquierda.
Tanto Chile como Bolivia son países de la región que en la última década han podido sostener un cierto crecimiento económico. Sin embargo, mientras que en Chile este crecimiento sostenido se logró junto con una saludable alternancia en el poder político, en Bolivia ocurrió lo contrario.
En Bolivia Evo Morales venía gobernando sin interrupciones desde el año 2006. Es decir, tres mandatos seguidos. Y esto porque el primer mandato fue bajo el antiguo régimen constitucional, que estuvo vigente hasta 2009. Durante ese primer mandato su gobierno promulgó una reforma constitucional en la que se estableció que una persona no puede gobernar por más de dos periodos consecutivos. Pero, luego, tras su segundo mandato, Morales logró que su primer período no fuera contabilizado a la hora de buscar la reelección para su tercer mandato en 2014.
A Evo Morales, como a todo espíritu autoritario, estas limitaciones constitucionales que obligan a una sana alternancia no le agradaban. Así es que, en su tercer y último mandato constitucional, llamó a un referendo popular para modificar nuevamente la Constitución a fin de que se le permitiera competir en las urnas de manera indefinida.
El hecho fue que el pueblo boliviano se manifestó en contra de la modificación constitucional. Sin embargo, desoyendo a la ciudadanía boliviana, Morales cambió a los miembros del Tribunal Electoral para que los nuevos miembros puestos por él aprobaran, mediante un recurso extraordinario, su candidatura indefinida, aun estando viciada de inconstitucionalidad.
Ese mismo Tribunal Electoral, que evidentemente de imparcial no tenía nada, fue el que supervisó las elecciones sospechadas de fraude. Y es que con el 84 % de las mesas escrutadas el resultado indicaba que el gobierno debía someterse a una segunda vuelta, ya que la diferencia entre Evo Morales y el candidato opositor era de menos de 7 puntos, cuando para evitarla necesitaba más de 10 puntos de diferencia. Sin embargo, el conteo de votos se suspendió allí sin justificación alguna y cuando se retomó los números habían cambiado notoriamente dándolo ganador a Morales en primera vuelta.
Estos fueron los hechos concretos que provocaron en Bolivia la reacción de los ciudadanos. Y el clima social fue cada vez más hostil y quedó entonces en evidencia un Evo Morales sin autoridad que se venía sosteniendo en el poder en virtud de su desprecio por la institucionalidad democrática y el fraude.
Es Morales el principal responsable de la situación que hoy vive Bolivia, sin embargo, buscó victimizarse y en su discurso mediático de dimisión planteó que se había dado un golpe de estado. Discurso irresponsable al que prontamente se adhirieron los líderes populistas, lo que en definitiva lejos de ayudar a reestablecer la paz fomenta la violencia social y profundiza la crisis.
Estos mismos dirigentes populistas latinoamericanos, que no dudan en hablar de golpe de estado en este caso y en tomar a Morales por una víctima sin responsabilidad alguna en la crisis civil, cuando se trata de la crisis que vive Chile toman una postura totalmente opuesta, responsabilizando sin ambages en este caso al gobierno de Piñera, a quien incluso han llegado a definir como un tirano.
Sin embargo, en Chile no hay posibilidad de reelección sin interrupciones y ninguno de sus gobernantes, incluido Piñera, actual presidente, ha intentado modificar ese aspecto de la constitución o ignorarlo para perpetuarse en el poder.
Pero la izquierda, como toda ideología, antepone su discurso a los sucesos. No se evalúa de manera crítica la realidad, sino que la subordina al discurso o a la idea predefinida. Hay ciertamente un discurso o ideología de derechas que cae en similares contradicciones cuando se los confronta con la realidad. Pero al menos en latinoamérica este se presenta de manera mucho menos marcada y no tiene los adeptos ni la influencia que pudo tener en épocas remotas.
Tal es así que cuando el discurso de la izquierda latinoaméricana pretende identificar representantes de la ideología de derechas en otros, lo que hace en realidad es poner en un mismo lugar a todos aquellos que no se alinean con su propio discurso. Puede esto verse claramente en el caso boliviano, cuando todos aquellos que atentos a cómo fueron los sucesos que llevaron a la situación actual no suscriben a definir como un simple golpe de estado lo acontecido con Evo Morales, son colocados por la izquierda como enemigos que militan en el extremo opuesto.
Y es que el maniqueísmo es la base desde la que parten estas ideologías. La izquierda y la derecha se necesitan mutuamente para fortalecerse y sostener sus argumentos. Cuanto más moderada sea una sociedad, menos efectivo será este tipo de discursos que señala como compañeros a unos y como enemigos al resto.