Estimados habitantes del país Steemit: en el año 2007 publiqué la novela corta La tarea del testigo; luego, en el 2012 se hizo otra edición. Como ambas se encuentran ya fuera del mercado, he pensado en presentarla en nuestra plataforma como una novela por entregas quincenales. De esa manera tendrá nueva vida y buscará otros lectores en este territorio sin fronteras en el que nos encontramos. La idea me vino al leer los capítulos de El enigma de Baphomet, que publica periódicamente en su blog (y que recomiendo sinceramente a los amantes de la literatura).
En La tarea del testigo, realidad y pesadilla se funden para crear un mundo de sombras. Pero como no quiero adelantar demasiado de la historia, solo me resta invitarlos a la lectura y a dejar sus comentarios, positivos o negativos, que todo es aprovechable para un autor.
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Me siento obligado a caminar a lo largo de las calles y siempre alguien va detrás de mí. Soy yo.
De la película M, de Fritz Lang
Yo despertaba con la memoria de haberme fatigado en una persecución inverosímil…
José Antonio Ramos Sucre
Morir, dormir; dormir, tal vez soñar.
Hamlet, de William Shakespeare
Capítulo 1
El Cónsul abre los ojos y al lado de su cama hay un hombre que nunca ha visto. Está sentado en una silla blanca, las piernas cruzadas, un sombrero oscuro sobre la rodilla derecha. Con la mano izquierda sostiene un bastón de madera clara y empuñadura plateada. Va bien vestido, aunque su ropa no es elegante en exceso. Por descontado, no pertenece al cuerpo de médicos del hospital. A estos ya los conoce y, además, sería del todo inadecuado que vistieran de manera semejante. El hombre mira al Cónsul con vago aire de reproche o burla que a éste se le hace intolerable. Luego dirige su vista hacia la ventana, como si se hubiera olvidado del que yace en la cama. Afuera no hay nada que ver, al menos no desde la cama colocada contra la pared opuesta de la habitación ni, presumiblemente, desde la silla junto a la cama. Un cielo vacío y pálido.
El comportamiento del visitante le resulta irritante, sobre todo porque no encuentra forma de expresar su desagrado. Sabe que no puede hablar. No lo intenta. Lo sabe. Su garganta es un conducto cerrado, una madeja de intrincadas cuerdas que no requiere poner a prueba. Mira durante un momento al techo, a la pequeña bombilla apagada que cuelga de un cable retorcido y que, sospecha, si estuviera encendida derramaría una iluminación insuficiente como la de un atardecer nublado.
Fija su atención otra vez en el hombre. Después de todo, piensa, tal vez sí lo haya conocido en una ocasión anterior. Visto así, de perfil y abstraído en pensamientos sin duda lúgubres o, al menos, nada alegres, le comienza a resultar familiar. ¿Estaba en el barco? ¿Un pasajero, un miembro de la tripulación? Cierra los ojos intentando precisar sus recuerdos. Había tanta gente allí. Y tanto ruido.
Él había permanecido la mayor parte del viaje en su camarote con la esperanza de poder dormir. El movimiento del mar, le habían dicho los amigos de Caracas que se acercaron al puerto a despedirlo, propicia el sueño; verás cómo apenas zarpes dormirás como un bendito. Pero no había ocurrido así. Al contrario: la agitación incesante de la embarcación había acrecentado sus malestares. A los cólicos persistentes y a la diarrea, debió sumar los efectos del mareo. La enfermedad lo obligaba a detestar su cuerpo. Un cuerpo enfermo, piensa, nos recuerda dolorosamente que somos solo transpiración y mierda.
Foto de MaritimeQuest en Wikimedia Commons
Unas pocas veces había acudido a la mesa del capitán accediendo a su invitación a cenar. Solían acompañarlo otros miembros de la tripulación y algunos pasajeros considerados importantes o que gozaran de la simpatía del oficial. La mayoría, funcionarios en viajes de vacaciones acompañados de sus esposas enjoyadas como para cenar con el Rey de España, o en misiones oficiales –igual que él–; algunos comerciantes de La Guaira y Caracas de origen alemán, jóvenes, enérgicos y seguros, intimidantes en su falta absoluta de imaginación; uno que otro viajero inglés extraviado en el trópico y que ahora regresaba a Europa dispuesto a escribir un libro sobre costumbres salvajes y gobiernos tiránicos.
Las dos o tres veces que acudió a esa mesa no abrió la boca, a pesar de los intentos bienintencionados de algunas señoras, empeñadas en descubrir en él cualidades sociales inexistentes. La conversación lo aburría sobremanera. Mucha gente de otras mesas se acercaba a saludar; estrechó manos, vislumbró rostros, fue aturdido por voces que reclamaban su atención y daban recomendaciones sobre qué visitar, dónde comer y cómo defenderse mejor del frío. Tal vez en ese momento me hayan presentado a mi visitante, piensa. No puedo estar seguro. ¿Qué circunstancia fugitiva dejó tan leve marca en mi conciencia? Sin embargo, la sensación de estar frente a una persona a quien lo une un lazo de alguna especie persiste como una brisa suave sobre el rostro o como una palabra que huye de nuestra memoria en el momento más inoportuno.
Algo de la agitación e incomodidad del Cónsul debe de llegar hasta el hombre sentado en la silla, puesto que lo mira y le dirige la palabra:
–Cálmese, por favor. No está en condiciones de preocuparse por nada. Dentro de poco vendrá una enfermera y ella lo atenderá.
Está seguro de haber escuchado su voz con anterioridad, lo que aumenta su malestar ¿Es posible que haya olvidado a alguien en forma tan definitiva, y sin embargo conserve con tal claridad la certeza de su rostro y su voz, pero de una manera en que ésta carece de cualquier circunstancia identificable? Es una voz baja y opaca, casi sin inflexiones, distante, precavida, como si su poseedor temiera involucrarse demasiado en una situación que no le corresponde. Tal vez, piensa, solo me parece distante y hostil. El hombre no ha dicho nada que pueda interpretarse de esa manera. La enfermedad me ha hecho susceptible, irritable. Me confundo con facilidad, y me ofendo por cosas que en el fondo no valen la pena y muchas veces ni siquiera son reales.
El visitante había vuelto al silencio y la inmovilidad. En ese momento, como respondiendo a su anuncio, una enfermera entró en la habitación. Es una mujer mayor; arrastra los pies, y sin mirar a nadie se dirige a la cabecera de la cama, le coloca una mano sobre la frente y vuelve a salir.
Ahora también el Cónsul se estaba quieto, mirando hacia arriba. Había una grieta en el yeso, una hendidura irregular apenas perceptible que le recordaba otra, vista en un tiempo que parecía inconmensurablemente lejano. También, como ahora, había permanecido tanto tiempo boca arriba que había terminado detallando nervaduras e irregularidades en el recubrimiento de yeso, y luego en la grieta –una fina línea, en verdad– que cruzaba todo el techo de la habitación en diagonal, describiendo un camino quebrado que no conducía a ninguna parte.
Siente que no puede mantener los ojos abiertos. El temor se apodera de él: no despertaré, piensa, esta es la última hora de la última noche.
Tiempo después (¿horas?, ¿minutos?, ¿al día siguiente?) abre los ojos. La bombilla está apagada, pero la luna debe haber aparecido en el cielo porque un resplandor plateado, proveniente de la ventana, ilumina la habitación, dándole la apariencia de un paisaje deshabitado.
Mi visitante no se ha marchado, o tal vez lo hizo y regresó mientras yo dormía. Ya no me inquieta la imposibilidad de recordar quién es.
Capítulo 2
Hamburgo, 29 de diciembre de 1929
Mi querido Alberto:
En mi primer viaje a Europa encuentro que un aire de miseria, de ruina y violencia circunda a las personas, rodeándolas como los abrigos oscuros que usan para protegerse del frío de los últimos días de diciembre. Un mes atrás, cuando me despidieron mis pocos amigos en La Guaira, esto no era lo que deseaba encontrar.
Sin embargo, algo así debía esperarme desde el momento de subir a la embarcación; augurios funestos me cercaron para hacerme la vida miserable: casi tres semanas encerrado en mi camarote, leyendo cuando podía, acrecentados los malestares de la enfermedad por el movimiento y el inevitable aislamiento. Unas pocas veces me senté a la mesa del capitán. Siempre lo lamenté.
Ahora, en Hamburgo, mi aislamiento se ha hecho mayor: siempre he soportado muy mal lo que tiene que ver con el cuerpo, y los tratamientos en el Instituto de Medicina Tropical exacerbaban la condición meramente fisiológica de mi persona. El cuerpo enfermo tiene una aguda conciencia de sí mismo, pensaba mientras me sometía a las manipulaciones que ordenaban los médicos. Me parece una ironía cruel venir a curarme tan lejos una enfermedad tropical, pero todos los médicos que me atendieron en Caracas coinciden en que sólo aquí puedo obtener el mejor tratamiento.
Duermo mal. Pero eso no es una novedad. Sabes que el insomnio ha sido una fatigante compañía en mis últimos años.
Te abraza,
J.A.
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Hamburgo, 15 de enero de 1930
Mi querido Alberto:
La amibiasis cede poco a poco, pero los insomnios continúan. Los médicos se muestran desconcertados: suponían que mis dificultades para dormir provenían de los trastornos provocados por la bacteria. Comenzaron a administrarme veronal y durante varios días conocí la felicidad de largas horas de sueño. Horas vacías y semejantes a la muerte, pero necesarias y consoladoras. Sin embargo, el alivio no duró demasiado y las dosis del fármaco inducen un sueño cada vez más irregular y superficial.
Te abraza,
J. A.
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Hamburgo, 5 de febrero de 1930
Mi querido Alberto:
Finalmente me han dado de alta. Con seguridad científica, los médicos alemanes afirman que la amibiasis ha desaparecido; las causas de mi insomnio, me dicen, habrá que buscarlas en mis nervios.
Durante la última noche que pasé en el hospital logré dormir sin tomar el veronal, pues he terminado asociándolo a las inquietas horas que preceden a la aurora, en las que me debato con todas las cosas que no he enfrentado en mi vida, todos los olvidos y las postergaciones, todos los dolores sufridos o infringidos a otros, todas las cobardías que por comodidad he llamado indiferencia y desdén.
Esa noche soñé como si me hubiera sumergido en la fuente de los sueños. Aparecían y desaparecían imágenes repetidas con aterradora frecuencia: Estoy en el puerto de mi ciudad natal. Tengo doce años. Espero abordar la nave que me llevará a una ciudad desconocida que me llena de pavor. Un pescador se acerca y me ofrece un pez monstruoso, bicorne, de boca sangrante. Sin transición me encuentro corriendo por las calles de la ciudad. Pasan carretas llevando cadáveres; frente a la iglesia se levanta una pirámide de cuerpos a medio quemar. Entro a una casa. Las paredes cubiertas de espejos parecen respirar: un estertor, una succión desesperada, una exhalación agonizante impregna el aire. Al fondo de un pasillo, en una habitación sin ventanas, mi padre agoniza. “Debes acompañarme”, escucho, al tiempo que la mano de mi madre se posa en mi hombro derecho. Es una presión dolorosa, como la de un ave de potentes garras que lacera mi carne, cortando tendones y triturando mis huesos. De pronto, antes de abandonar la habitación, veo cómo de la boca de mi padre salen arañas azules de patas largas y pegajosas. Trazan una red de líneas plateadas sobre el rostro muerto. Estoy de nuevo en la calle. Una procesión de mujeres lleva en brazos los cadáveres de sus hijos. Mi madre danza entre ellas. Retrocedo buscando refugiarme en el interior de la casa, pero sólo encuentro un bosque en penumbras. Avanzo. Tropiezo con las raíces. Al pie de una montaña se abre la boca de una caverna que exhala olor a cieno, a tumba recién abierta.
Me gustaría decir que mientras me vestía, preparándome para abandonar el Instituto, estas imágenes –y muchas otras– volvieron a la nada, pero mentiría en forma insensata. La verdad es que continúan latiendo en mi corazón al tiempo que te escribo estas palabras.
Con un fuerte abrazo,
J. A.
GRACIAS POR LA VISITA. VUELVAN CUANDO QUIERAN.