Estimados amigos de Steemit: quiero presentar hoy un pequeño trabajo sobre un texto de José Antonio Ramos Sucre. Hay muchos aspectos que pudieran tratarse; escogí solo uno: el de las relaciones entre la mística y el sexo.
Ramos Sucre hubiera firmado las palabras de Jorge Luis Borges que consideraba la teología una rama de la literatura fantástica. Ciertamente hay en su obra, conformada por breves textos narrativos y poemas en prosa, un anhelo de trascendencia, pero también, y en no menor medida, la soledad, la crueldad y la violencia son temas dominantes en sus textos.
Ramos Sucre es un poeta de máscaras detrás de las cuales se adivina con dificultad su verdadero rostro. El mismo autor que se muestra devoto cristiano en un texto se revelará ardiente defensor de los valores éticos y estéticos del paganismo en el siguiente. Guillermo Sucre, también poeta y reconocido ensayista, lo dice de manera impecable en su trabajo “Ramos Sucre: la pasión de los orígenes”:
Ponerse la máscara de los más diversos personajes, representar simultáneamente a la víctima y al verdugo… al asceta y al libertino, al santo y al perverso, al héroe y al déspota…
Su poema (asumo el término para simplificar el asunto de las adscripciones genéricas) “La tribulación del novicio”, texto de su libro inicial La torre de Timón, toca algunos elementos esenciales de la experiencia mística en relación con el cuerpo y el sexo, aspecto privilegiado, aunque no exclusivo, de las relaciones entre corporalidad y experiencia religiosa.
Citaré en extenso el poema:
Vivo sintiendo el contacto de carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis hombros… Todo mi ser está embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse encendiendo nuevas vidas… No se calma este ardor con claustro inaccesible ni con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los hombros, y sobre los mismos pies menudos y curiosos debajo del vestido descansa la estatua soberbia del cuerpo.
De muchas maneras, la sexualidad encarna lo que más tememos y deseamos los seres humanos. Su poderosísima fuerza está presente en cada meandro de nuestra psique y de nuestro cuerpo, y condiciona, si no determina, aspectos increíblemente variados de la cultura, desde los códigos de vestimenta hasta la percepción de lo bello, lo noble y lo honesto; o, como contrapartida, de lo feo, desagradable, abyecto y deshonesto.
El novicio de Ramos Sucre es víctima de sus deseos y no encuentra en la oración ningún consuelo, puesto que la contemplación extática, aunque válida para la experiencia mística, resulta insuficiente para la práctica sexual, que requiere de la posesión del objeto amoroso para sentirse consumada.
“Desequilibrados y extáticos” llama el novicio de Ramos Sucre a los santos, al tiempo que los considera “compañeros” de locura. Fuera de sí, enajenado, ausente de sí mismo: así se presenta un místico frente al mundo. Esta visión, ciertamente nada favorable, se corresponde con esta otra: la del “desvarío místico”, equivalente a “zozobrar en la demencia”, presente en su poema “La conversión de Paulo”. Y sin embargo, el mismo matiza esta afirmación al describir al converso:
La frente grave y los ojos desatentos indicaban al hombre desprendido del mundo, que recorre alado la tierra, que oye en el silencio altas voces aéreas.
Un hombre desprendido del mundo; es decir, un hombre para el que el mundo se ha hecho ajeno, bien por indiferencia hacia este, o bien por haber visto lo que está detrás de las apariencias; la insustancialidad de la realidad, detrás de la cual se revela otra, inmutable y verdadera. Un hombre que oye voces que los demás no perciben. En otras palabras, alguien que existe fuera de todo orden cotidiano y sensato.
Quizás lo más interesante de “La tribulación del novicio”, además de su espléndida arquitectura verbal, no sea la evidencia de que la abstinencia sexual puede conducir a la locura o cuando menos a cierto tipo de enajenación, sino la declarada ineficiencia de la oración para alejar o mantener a raya los deseos sexuales, puesto que “su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean los hijos y las hijas de los hombres”. Ramos Sucre coloca el problema, adecuadamente, en el ámbito del lenguaje.
¿Son experiencias distintas y por completo separadas el sexo y lo sagrado, o tienen algo en común la unión mística y el éxtasis carnal?
Todo en nuestra educación, en nuestro aprendizaje sentimental, nos lleva a responder que sí a la primera pregunta y que no a la segunda. El universo del sexo se nos muestra atado a lo más corporal de nuestro yo, mientras que se nos ha moldeado para considerar lo sagrado el terreno de la pura espiritualidad, un estado incontaminado por los deseos y los temores del cuerpo. ¿Cómo es posible entonces que el lenguaje utilizado para una y otra cosa sea el mismo?
Los poetas antiguos y modernos han ofrecido una respuesta que parece superar esa contradicción. Por la vía del cuerpo muchos poetas contemporáneos han transmutado la experiencia de Dios en experiencia amorosa y erótica. Y viceversa. Naturalmente, en esta transformación, que se ha cumplido en un proceso de varios siglos, juegan un papel importante el lenguaje empleado por los místicos y su sistema de símbolos que remiten al profano amor humano, al cuerpo y a su goce: al sexo como comunicación con lo otro que se encuentra más allá de sí mismo, y que sería el otro; otro cuerpo humano perdido en el goce de ser cuerpo.
Si el novicio hubiera aceptado esta idea su angustia hubiera sido, tal vez, menor. En su deseo carnal hubiera identificado también la necesidad de trascendencia a la que sus votos lo conminaban.