Un esplendoroso París lleno de simbólicos monumentos me sorprendería una y otra vez con su hermosura.
Esta nueva aventura curiosamente empieza justo al final de la anterior. La mente no tuvo ni tiempo de descansar, había vivido la experiencia más grande de mi vida en Italia y ya una nueva meta estaba claramente trazada, “el próximo año me propongo conocer Francia, La Cuidad de la Luz”-me dije- después de todo no hay sueños que no se puedan alcanzar, eso lo aprendí y lo llevaba entre ceja y ceja; solo era cuestión de esforzarse y luchar por lo que se quería.
A pesar de las dificultades, nunca faltó la ayuda de Dios y el apoyo de la familia; sin ellos no hubiese podido llevar a cabo esta meta, o al menos no en el justo momento en que final y felizmente se dieron las cosas.
Entre altibajos y zozobra llegó finalmente el día de comprar los pasajes, Caracas – París con escala en Madrid, y a su vez aprovechamos para organizar una visita a Londres mientras estuviéramos en Paris en el tren de alta velocidad Eurostar que conecta las dos ciudades. No podía esperar iniciar esta nueva odisea.
Por aquellos días, me enteré de que viajábamos con una nueva acompañante. Debo decir que la noticia me cayó muy bien, sería una persona más con quien compartir cada momento, cada experiencia, cada sonrisa, cada gesto de admiración, un comentario extra, una cabeza más para pensar a la hora de perdernos; en fin todo aquello me resultó muy positivo.
Llegó el día de la partida, era un 31 de julio, pleno verano nos esperaba en Europa. Ya en el aeropuerto, inevitablemente recordaba aquel mi primer viaje, hacía un poco más de un año, pero me parecía como si hubiera sido el día anterior que había conocido Italia, la ciudad eterna de Roma. Me remontaba a sus bellas calles de adoquines. Era un gran e imborrable recuerdo en mi corazón.
Una anécdota muy grata fue conseguirme al famoso futbolista Juan Arango en el aeropuerto. Aproveché para tomarme una foto junto a él.
Finalmente despegamos rumbo a la ciudad de la luz. Después de muchas horas de vuelo y una escala en Madrid, nos encontrábamos aterrizando en París. No podía ocultar mi emoción al ver desde la ventanilla del avión a la media distancia la imponente y altísima Torre Eiffel; recuerdo que les avisaba a mis compañeras para que también la miraran, todo eso sí que me estaba gustando. París nos recibió una hermosa e inolvidable tarde de agosto.
Día 1: 1 de agosto
Una nueva aventura inicia.
Al llegar, retiramos el equipaje y tomamos el transporte al centro de la ciudad. Necesitaríamos de tres diferentes trenes para arribar a nuestro destino en la Rue de Crimée, a orillas del Río Sena. Una vez en la estación más cercana a la posada, notamos que debíamos caminar aún algunas cuadras y así lo hicimos. Allá todo estaba en orden. Hicimos el check-in, guardamos las maletas y decidimos dar unas vueltas por los alrededores para empezar a conocer. También aprovecharíamos para reportarnos con nuestros familiares en casa.
Paseamos por los alrededores a pesar de que acusábamos ya cierto cansancio por el trajín del viaje, pensábamos que era aún temprano pues no había oscurecido, pero lo cierto es que era tarde ya; no estábamos acostumbradas a aquel horario de verano de Europa donde las 9pm lucían casi como una tarde cualquiera. Luego de una caminata por lindas veredas a una orilla del Sena, decidimos volver para descansar. Aunque no lo parecía, ya era casi media noche, empezaba a oscurecer y la ciudad se iluminaba a nuestro paso. Era hermoso por donde se viera; era Paris nada más y nada menos. El itinerario del día siguiente se antojaba muy prometedor.