Mariel como la abuela y Mario como el niño curita.
El rojo intenso aún brillaba en el engarce desgastado, de un baño ya diluido. Mariel lo observó una vez más. Su regalo de 15 años, 30 primaveras atrás: unos zarcillos colgantes, con piedras rojas. La abuela se los había dado, con sus ojitos aguados de viejita sensibilera. Porque así era la abuela. Y ella, Mariel (Mariel como la abuela), odiaba esa sensibilería barata. Casi repelía sus besos. ¡Cómo los habría de extrañar después!
Independiente y odiosa, según su hermana Maritza, Mariel abandonó el hogar materno a los 16 años. Se llevó sus zarcillos, sus ahorros, un morral con una muda adicional, su maquillaje, su rabia y las ganas de joder al mundo entero. ¡Ah! y un bebé en desarrollo, en un vientre aún plano que no delataba su preñez prematura. ¿El celular? Lo dejó.
RETO
Lo dejo y con ello corto todo lazo con lo que hasta ahora había sido su hogar. Ese hogar que no le gustaba. Ese hogar con los cuentos más que amenazas de la abuela. Ten cuidado con los muchachos, mira lo que le paso a tu mama.
Mariel no quería repetir la historia de su madre, pero se sintió abrumada por lo que se le venía encima, embarazada y adolescente. Huyo buscando no escuchar más la retahíla de la abuela. Ella enfrentaría sola la crianza de lo que suponía crecía en su vientre, un hijo. Se unió a la gente que pedía aventones y viajo lejos, lo más lejos que su dedo la pudo llevar. Y logro iniciar una nueva vida. La suerte la acompaño.
Se enteró unos años después de la muerte de su abuela. Y sintió añoranza por su hermana menor. Subió al ático de su nueva casa, la que su esposo la llevo a vivir a ella y a su pequeño hijo.
Su hijo Mario siempre la seguía, por toda la casa. Un joven muy inteligente pero diagnosticado como autista, con un poco de ecolalia al final de cada frase.
_¿Qué buscas mamá?
_Busco recuerdos de tu bisabuela.
_Bisabuela, ¿Eso es como doble abuela, abuela?
_Que cosas dices Mario. Ven ya lo encontré.
Dentro de su viejo morral, tanteo en los bolsillos internos y allí estaban tan intensamente rojos como hace once años atrás. Se los colgó de las orejas.
_¿Que tal me quedan?
_Hermosa mami, como tú eres, eres.
_Ven vamos es hora de buscar a tu tía Maritza.
_ ¿Tengo una tía Maritza?
_Tengo una tía Claudia y un tío Pepe. No quiero más tíos, tíos.
_Ellos son tus tíos por ser hermanos de tú papá. Ahora te presentaré a mi hermana, tú tía Maritza. Ya es hora de sanar. _¿Le vamos a llevar una curita?
_ Si una curita para el corazón.
Estaciono el carro cerca de la puerta y bajaron lentamente como alargando el tiempo perdido.
Enseguida la vio ahora era una hermosa mujer, muy parecida a la abuela cuando era joven.
Las dos tuvieron la duda de abrazarse, dieron un paso hacia adelante, resaltaban los hermosos zarcillos rojos, un poco más de edad, pero nada más, pero el que no dudo fue Mario salió de detrás de Mariel y se abalanzo hacia Maritza.
!Tíaaaaaa¡.
Rompiendo el hielo y sanando heridas.