Este es el verdadero final de un relato que publiqué por partes hace meses, si quieres leerlo desde el principio puedes ir a la parte 1, parte 2, parte 3 y parte 4.
El escondite (Epílogo)
Son las nueve y cuarenta minutos de una fría noche de invierno. La nieve comienza a caer con timidez dando la razón a las previsiones meteorológicas. He pasado todo el trayecto en silencio. El taxista, tras un par de infructuosos intentos por entablar conversación y ante mi dura mirada, finalmente desistió.
- Son ochenta y cuatro con noventa… -le pago la carrera sin demora y salgo del coche. Puedo notar cómo mi aliento se congela delante de mis narices. El tacto del mango de mi maleta es extrañamente cálido.
Una destartalada valla metálica me separa del North Road, deben llevar años sin darle una mano de pintura. Seguro que este motel de carretera del norte de Minnesota ha visto tiempos mejores. Sea como sea, me acerco al edificio para alquilar una habitación mientras aprieto las solapas del abrigo contra mi cuello. Sólo una noche bastará, si todo va bien. Un aburrido recepcionista me recibe con una mueca y sin mostrar mayor interés me asigna la habitación veintidós.
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Han pasado veinte años desde el día que asaltaron mi casa. Yo tenía apenas diez y, a diferencia de mi hermana, mi hermano, el abuelo y nuestro vecino el viejo Vincent, logré salir de allí con vida. “Masacre en Green Valley” fue el titular más repetido los días posteriores por todo el país. Cuatro asaltantes asesinan brutalmente a los pocos vecinos de esta urbanización que…
A la puta de los cuchillos la cogieron en la frontera con México a los pocos días, cadena perpetua, Coco la llamaban. A la otra tipa, a Yaky, la que reventó la cabeza de mi abuelo con un bate, la identificaron unas dos semanas más tarde muerta por sobredosis en una celebración clandestina en la zona pobre de Los Ángeles. Al gordo del hacha, Jimbo, se lo cargó el bueno de Vincent con un tiro de su escopeta, en el pecho, antes de que la psicópata de los dientes le ensartara el cuello con uno de sus cuchillos. Sólo no encontraron al tipo de la katana, al que logré clavarle un cuchillo en la espalda mientras violaba a mi pobre hermana.
Durante un tiempo me lo pregunté: ¿por qué a mí, por qué mi casa?; luego todo se tornó insulso, el tiempo pasó y fui superándolo, no era más que un niño de diez años. Mis padres volvieron de su viaje, nunca serían los mismos después de aquello. Aun así se volcaron conmigo, en mi educación, consiguieron convertirme en un hombre de provecho, un periodista de éxito. El suficiente como para tener acceso a la información necesaria. Yo era un niño de sólo diez años y en aquel momento no pude hacer más que huir con vida de aquello…
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La habitación veintidós del motel no tiene nada de especial, lo justo para pasar la noche. Me siento en un ajado e incómodo butacón y, frente a mí, sobre la cama, coloco mi maleta, es negra y rectangular.
Han pasado veinte años pero todavía la conservo, la katana, se la quité a aquel tipejo y, junto a mi vida, la pude conservar después de aquel día. Abro la maleta y el reflejo que la solitaria lámpara que me alumbra produce en el metal recorre la habitación. Ahí está, la katana de Maverick Cox, así se llama el cabrón. Lo pude investigar, no ha sido fácil, pero si tienes la información necesaria… Junto al acero guardo una máscara de Batman, dulce ironía. Me la pongo, agarro la espada y salgo al pasillo. Nieva con más fuerza cada vez, pareciera que no parará en días, tal vez semanas.
Voy a la habitación del fondo, la veintinueve. Ahí es donde se aloja, por lo que he podido saber ahora se dedica a reparaciones de fontanería que costean su adicción a la cocaína… toc, toc, toc…
- ¡Ah, vaya!... eres tú. –el cabrón no se había olvidado de mí, me reconoció al instante a pesar de la máscara– Veo que todavía conservas mi espada… has tardado en dar conmigo, ¿eh? Hay algo con lo que sueño casi cada noche desde aquel día, ¿sabes qué es? Sueño con el sabor de la sangre del coño de tu hermana en mi boca… ¡Aaaaaah, ahora tengo que mear!
Y, como quien llevaba esperando esto desde hace demasiado tiempo, se da la vuelta en dirección al baño con pasos desgastados, dándome la espalda. Sólo un movimiento rápido es suficiente para ver su cabeza rodando por el suelo. Se acabó, nada queda ya de aquella banda asesina. Sólo el vacío que dejaron en mi alma y que esta noche, quizá, se haga incluso más y más grande.
FIN
Me voy a permitir el lujo de mencionar a algunos compis que en su momento leyeron la evolución de este relato y que tal vez quieran ver este final (esta vez sí) conclusivo:
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... ¡Saludos y gracias por leer!
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