Cuenta la leyenda que hace no mucho tiempo, un hombre partió a la guerra. Se enlistó en la milicia con el afán de defender su tierra, su nación y también sus derechos. Dejó a su mujer, una dulce mulata de ojos color café y cabello negro azabache, no sin antes prometerle que el tiempo se encargaría de unirlos de nuevo y así por fin poder concretar ese amor que se tenían.
Mientras él luchaba por su patria, ella sufría su ausencia y cada vez más perdía las esperanzas del reencuentro prometido. Años pasaron, no sé decirles cuantos y, finalmente la guerra terminó. Él, lastimado por el tiempo y las heridas de una guerra que no sólo libró para salvar a su nación, retornó a casa en busca de su mulata, esa en la que había pensado siempre en medio del combate y al sobrevivir las penurias de la guerra. Ansiaba mirar esos ojos y perderse en ese dulce café que le llenaba de vida, sentir su suave cabello negro al rozar con sus manos, abrazarla y decirle cuanto la había extrañado.
Cuando el día por fin llegó y su encuentro se hizo más próximo, un torrente aguacero fue la víspera de un encuentro infructuoso de un amor olvidado y de una herida profunda que hizo de él, un ser sin cordura, un ser sin razón. Cuentan que lo vieron entre gritos y sollozos frente a su mulata, quien ya casada sostenía en brazos el fruto de su amor con aquel hombre quien no habría de abandonarle.
El impacto de la traición fue tanto que el pobre perdió la razón, desde entonces por las calles vaga, buscando a su amor ya perdido, buscando a su mulata. De ella solo se sabe su nombre, Marilyn. A él le llaman Caracas.
Inspirado en una historia real.
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