Fuente
“No le pegue a la negra”, decía el estribillo distorsionado por la distancia y el viento. Aurora bajaba con dos tobos de agua. Hilde recogió una colilla de cigarro del piso. Tanteó el bolsillo en busca de una caja de fósforos. Esperaba nervioso una llamada. El teléfono monedero era el único que recibía llamadas en todo el cerro. “Estamos juntos en esta vaina”, pensaba Hilde, mientras caminada como león enjaulado por el callejón. “Si caigo yo, me llevo a unos cuantos”, mascullaba. Trastabilló, asustado, cuando Mercedes llegó con cara triste. La mano tocó instintivamente el revolver. Luego bajó la guardia al ver que era ella.
“No le pegue a la negra”, decía el estribillo distorsionado por la distancia y el viento. Aurora bajaba con dos tobos de agua. Hilde recogió una colilla de cigarro del piso. Tanteó el bolsillo en busca de una caja de fósforos. Esperaba nervioso una llamada. El teléfono monedero era el único que recibía llamadas en todo el cerro. “Estamos juntos en esta vaina”, pensaba Hilde, mientras caminada como león enjaulado por el callejón. “Si caigo yo, me llevo a unos cuantos”, mascullaba. Trastabilló, asustado, cuando Mercedes llegó con cara triste. La mano tocó instintivamente el revolver. Luego bajó la guardia al ver que era ella.
—¿Qué pasó, negra? —Hilde esperaba noticia del “negocio”, del “trabajo”—.
Mercedes, casi llorando le respondió:
—Murió Cantinflas.
—¡Nojoda, negra! ¡Qué bolas tienes tú!
En ese momento sonó el teléfono. Del otro lado de la línea “el mocho Manuel” le espetó con voz lapidaria:
—Perucho habló. Piérdete unos días. No le digas nada a Yajaira.
Se escuchó un pitico.
A lo lejos se oía “este callejón lo sabe”...
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