UMBRALES
De umbrales estamos hechos,
umbrales cruzamos, deshechos
por los hechos que olvidamos
al cruzar cada puerta que cruzamos.
De una habitación a otra dejamos
una estampa desvaída
en esa dimensión desconocida
que va dejando un rastro
como de pinceladas de acuarela
que no se desvanece del todo al avanzar,
como el gusano de las dimensiones
que explica todos los tiempos
en un tiempo.
Esas sombras intangibles son medibles
con aparatos arcanos de otro tiempo
de civilizaciones acabadas en punta
que musitan en silencio sus inventos
cargados del genio de su ingenio
pero que desaparecieron con el tiempo
en Ur, en Babilona
o en alguna ciudad sepultada
bajo las arenas por milenios
donde aun brillan los ojos
de algún ídolo poderoso,
misterioso e imperfecto.
Recordemos pues que al traspasar un umbral,
cualquier umbral,
de la sala a la cocina,
de la habitación al baño,
queda una polaroid grabada en plancha
que es archivada
en algún sitio enorme,
lleno de tramos.
El número de umbrales es finito
y cuando cruzamos restamos
y nos quedan menos.
¿Por qué crees que
al cruzar una puerta
pasa a menudo que te preguntas
“a qué vine”?
Pues porque te vas transparentando
y dejando tras cada umbral
la foto para los archivos,
hasta que cruzas el último umbral,
y ya no entras o ya no sales.
Y entonces dicen la viejas
en tu velorio:
“quedó igualito”.
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