VERDE
Bóvedas, cúpulas y domos de árboles
impiden que el día bese la corrupta hojarasca
llena de hongos donde huestes de hormigas escarlata
ejercitan su atroz señorío de conquistas y reconquistas.
El ave rastrera se encubre en el ramaje bajo,
rehuyendo el almizcle del jaguar atezado,
príncipe del bosque calado, señor de la negrura
y deidad que clava el miedo en el corazón del niño Pemón.
Todas las inflexiones y declensiones del verde se apiñan
en la abigarrada infinidad del follaje inculto
que esconde mil ojos escondidos, escrutadores.
Selva hecha mitos, con catedrales de ceibas, jabillos y caobas,
Matusalenes que aventajan en historia
a los dólmenes y a los menhires.
Los aullidos, baladros y chillidos más disímiles
forman la cacofonía insomne del infierno esmeralda.
El gusano cae del dosel y hace su túnel en la piel incauta del español.
Las ranas amarillas alimentan el dardo que mata
con silencioso y atroz dolor.
Verde. Esmeralda. Infierno del río inundado
que reclama los cuerpos hinchados del tapir y la danta,
donde la boa milenaria macera en su abultado vientre
la carne del mono araña, de la guacharaca y del Yanomami.
Selva. Sólo la máquina del hombre,
grotesca y amarilla, con nombre de oruga
puede, finalmente, abatir las murallas del maderamen y
la liana, para convertir en erial menguante
el paisaje frondoso de verde vida
y muerte verde.