Nunca olvidaré aquel día, cuando al despertar no sabía si estaba aquí o en otro lugar, aún recuerdo esa sensación al abrir los ojos. Cuando sonó el despertador, eran las 6.30 de la mañana. Hora de levantarse para ir al instituto. No sabía si mi alma estaba dentro o fuera de mí. Recuerdo que observaba mi habitación con la poca luz que entraba por las rayitas de la persiana cerrada.
Después de aquella observación, lo siguiente que hice fue levantar mi brazo derecho y mirarlo, todo parecía normal pero aún así intentaba pellizcarme con mi otra mano.
Viendo que sí, notaba el tacto pensé todo sigue igual.
Al levantarme, me sentía cansada pero tenía que darme una ducha y vestirme rápido para no llegar tarde al autobús.
Recuerdo que ese día tenía un examen de naturales y antes de que llegase la hora, busqué a mi tutora para decirle si por favor me lo podía aplazar para otro día, que no me encontraba bien. Se negó. Tuve que asistir, iba a suspenderme de todas formas, así que pensé al menos que tenga algo que leer.
Tenía unas ojeras horribles y mi cara pálida y unas angustias horribles, pero nadie me preguntaba que me pasaba.
Callada en un rincón aguanté ocho horas de clases interminables de ese día.
Volví a casa, no me apeteció ni comer. Le dije a mi madre que me iba a dormir un rato.
Y tampoco me preguntó que me pasaba. Me harté de llorar hasta quedar dormida.
¿Por qué tomé la decisión?
No podía creerlo, me sentía vacía, desilusionada y furiosa conmigo misma.
Después de 4 años de relación me sentía frustrada, había sido mi primer amor, mi primer todo. ¿Cómo podía hacerme eso? Fue desagradable entrar a una habitación ilusionada porque mis padres me llevaron a su pueblo y encontrarlo que yacía con mi mejor amiga, cerré la puerta del lugar y me fui, desorientada y llorando, busque un lugar apartado donde nadie me viese llorar, pasaron horas hasta que pude volver a ir donde estaban mis padres para volver a casa, les dije que me dolía la cabeza por eso había vuelto antes de la hora.
Un sinfín de disculpas y perdones, vinieron después.
Si algo no perdono en esta vida es que me engañen y menos aún gente que me importa. Rompí aquella relación y me metí en otra por despecho, con una persona que me duplicaba la edad, sentí asco de mi misma, me obligó hacer cosas que no quería y fue cuando tomé la decisión.
No merecía esa vida que había elegido. ¿Qué sentido vivir así? ¿Nadie se dió cuenta de mi tristeza? ¿Acaso soy invisible? Simplemente era más cómodo mirar a otro lado.
Llegó la noche cuando todos dormían en mi casa, me dirigí hacia un armario y rebusque entre una caja de medicinas, la solución a mi pesar. Cogí una tableta de pastillas y me la tomé entera, escondiendo el envase para que mi madre no supiera de dónde las había sacado.
Por eso, nunca olvidaré aquella sensación al despertar.