Era finales de primavera, sobre las 22:30. Salía de trabajar, me dirigía hacia mi coche.
Cuando vi a un hombre cruzando por delante de mi vehículo, arrastraba un par de cajas grandes de cartón, una mochila roñosa y una bolsa en la que parecía llevar un brick de vino. Le dí las buenas noches, se dió la vuelta y se puso a hablar conmigo. Aunque lo que me apetecía era irme a mi casa, acepte hablar un rato delante de mi coche, bajo la luz de una farola. Me contó que era de Zaragoza e iba buscando trabajo y aprovechaba para conocer pueblos. Yo le miraba y su aspecto era bastante descuidado, cosa que pensé que le dificultaría para encontrar trabajo. Y detalles privados de su vida, que prefiero no detallar.
Como había sobrado pan en la tienda, nos lo repartimos entre los trabajadores para no tirarlo a la basura. Así que le pregunté si quería el pan, no tenía nada más que ofrecerle de comer. Aceptó una de las barras de pan, la partió en dos y se la metió en su mochila.
Después de dos horas hablando, le dije que me tenía que ir, que se resguardará un poco de la vista de la gente, para que estuviera seguro. La verdad es que sentí pena, pero había algo en su mirada que en mi cabeza me repetía una y otra vez, ¿porque no te vas?
Así que le deseé buena suerte en sus andanzas y por un motivo que me resulta increíble, le di mi número de teléfono por si necesitaba algo.
De camino a mi casa, me preguntaba una y otra vez ¿porqué le he dado mi número? si no se lo doy a nadie.
Pasó más de un año, recibí una llamada y era él, había encontrado trabajo cerca de donde vivía y quería quedar para tomar algo.
Sinceramente me alegré mucho de saber que había rehecho su vida. Aunque suena lamentable, le dí una excusa de trabajo para no verlo.
Recordaba aquellos ojos como me miraron la vez que le conocí y algo dentro de mí, llámalo instinto o miedo, seguía sintiendo que debía mantenerme al margen.
No sé si tomé la decisión adecuada pero la verdad que no me arrepiento de ello.
Sólo pienso que rehizo su vida y eso me alegraba.
Por vueltas del destino. En un supermercado ya había terminado de comprar y pasaba por caja para pagar. Observé que alguien me miraba insistentemente y movía su cabeza y su mano para llamar mi atención. Me giré pero no sabía quien era y seguí recogiendo mis artículos para irme. LLegando a la puerta, ese hombre me detuvo en la puerta. Mosqueada por tanta insistencia y con cara de pocos amigos. Fue cuando me llamó por mi nombre. Yo no lo conocía-pensé. Iba bien vestido, arreglado y con un niño de 8 años, a su lado.
Seguía desconfiada, cuando lo siguiente que me dijo, me hizo recordar de inmediato. ¿No te acuerdas de mí?-sonrió. Yo de tí, si. Fuiste aquella muchacha que se detuvo hablar con un hombre solitario, al que resto de personas me repelía por mi aspecto. Y a pesar, de que nunca te pude dar las gracias en persona. Aprovecho el momento para hacerlo ahora, gracias aquella conversación que tuvimos. Tengo un trabajo y una familia, me presentó a su hijo.
Sinceramente me quedé sin palabras, estaba feliz por aquel cambio en su vida. Al mismo tiempo que avergonzada porque una parte de mi también lo juzgo, aquel día.
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