Como en esa época el laboratorio más importante de las vanguardias se sitúa en el centro de Europa, volvemos allí, y nuevamente a París, para encontrarnos con la obra de Georges Seurat, en la octava y última exposición de los impresionistas, realizado a mediados del año 1886. Serat presenta su obra Una tarde en la Gran Jatte, que había comenzado a pintar en 1884 y en la que se puede apreciar todas las características de su genio. Por primera vez, en la superficie del cuadro se presentan los colores en su más luminosa claridad. Seurat elimina la mezcla de los colores en la paleta y procede metódicamente por toques divididos y yuxtapuestos de colores en su más alto grado de saturación (tintas) o degradando una tinta en varios pasos con sus colores vecinos (en el círculo de colores) o bien obteniendo tonos mediante el empleo del blanco. Con relación a la técnica divisionista creada por Seurat, y luego seguida y codificada por Paul Signac, este último explica: “Las palabras tono y tinta se emplean generalmente como sinónimos; precisemos, pues, que entendemos por tinta la calidad de un color, y por tono el grado de saturación o luminosidad de una tinta. La degradación de una de esas tintas hacia el claro o el oscuro pasará por una sucesión de tonos. La Armonía de tinta es el Ritmo. La Armonía de tono es la medida”.
Pero no eran sólo preocupaciones alrededor del círculo de los colores y los tratados de física que habían leído ansiosamente, lo que guiaba la investigación de Seurat. Su respeto por los descubrimientos científicos y la metodología que implican llegar hasta ellos influyen toda su concepción del arte, también en lo que respecta a las líneas de composición y a la distribución equilibrada de las zonas de claroscuro en el cuadro.
Fuente Georges Seurat, Una tarde en la Gran Jatte
El dibujo retorna a sus principios esenciales; las formas se simplifican en su expresión geométrica pura y se eliminan los accidentes de los perfiles para desnudar su dirección fundamental en rectas y curvas. La dignidad “clásica” y el hieratismo de las figuras de este “primitivo” del arte moderno nos recuerdan la obra del renacentista Pierro della Francesca. Todo el arte de estos grandes pintores tiende a lograr –por distintos caminos- la sencillez, el primitivismo de una nueva forma de sentir el mundo. Refiriéndose a sus búsquedas en el dibujo y la composición, el propio Seurat dijo: “Si he podido, con la experiencia del arte, hallarla ley del color pictórico ¿no puedo descubrir un sistema igualmente lógico, científico y pictórico para componer armoniosamente las líneas de un cuadro del mismo modo que puedo componer sus colores?”. Ya en el cuadro expuesto de 1886, Una tarde en la Gran Jatte, Seurat había logrado la composición total de todos los elementos del cuadro y su visión cientificista y racional lo había llevado a la realización de una obra fundamental que habrá de ser tomada más tarde como ejemplo por la línea más ortodoxa del arte abstracto mundial. Debido a su corta vida –George Pierre Seurat había nacido en 1859 y murió en 1891- su obra fue proseguida por su compañero Paul Signac, quien además escribe un libro trascendental (De Delacroix al neoimpresionismo) para dar una contestación definitiva a todas las críticas y las burlas de que fue objeto el nuevo arte por parte de los defensores y propagandistas del gusto dominante. No hay que olvidar, en honor de estos grandes artistas revolucionarios, que la mayoría de ellos murió en la más absoluta pobreza, sin haber logrado ningún apoyo oficial o privado y siendo solamente comprendidos por un reducidísimo grupo de artistas.
Fuente George Seurat, La torre Eiffel
Fuente Paul Signac, El desayuno
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