Si tuviese que entender el fenómeno lo haría evaluando a las redes sociales como ciudades digitales tentaculares. Llegado este punto reviso prácticas y determino: hay ciertas horas en las que dan ganas de vomitar. La gran zanahoria a perseguir es: sé alguien, conforma un personaje, vístete para la cena, para ser cenado. Armar el personaje a partir de fragmentos de envidia y resentimiento. Los otros, siempre, evaluados como más miserables que uno mismo. Comunicar aquí es tomar de a sorbos medidos el caldo podrido de la hiel palabresca. Alimentar al robot que nos anima desde un palco invisible. Alquimia de estupidez en ambición, de ese modo lo inútil brilla como el oro, pulimentado a fuerza de creer en un enunciado hecho a medida de quien lo enuncia. El narcisismo, absorbente como una adicción incontrolable, arbitra la agonía entre soledad y reconocimiento. Si pudiésemos elegir elegiríamos desaparecer, quitarnos la máscara de diamantes y quemar nuestro pasaporte.