Igor había llegado a las cinco de la tarde como de costumbre hasta la casa. Lo recibió uno de los criados y lo condujo hasta la sala. Se ubicó en su lugar de siempre: frente al piano al lado del diván. Minutos más tarde entraría en escena la señorita Emilia, la hija única del señor de aquellas tierras. Ella no dijo nada más que «buenas tardes» y su aliento cálido y dulce envolvió a aquel sitio. La señorita caminaría con pasos delicados hasta ubicarse frente al piano al lado de Igor. Se trataba de otra lección del mencionado instrumento. Aquel hombre había estado dando clases particulares a la señorita desde que era muy pequeña por órdenes del señor quien fuera músico antes de ser político. Emilia comenzó a tocar las teclas, sus dedos eran delicados como porcelana impecable.
Cuando ella hacía sonar una nota, parecía que el sonido acariciara a los oídos de los presentes como si la música fuese una bestia apaciguada por los encantadores dedos de la muchacha. Sonaba «Para Elisa». Emilia tocaba entregada a la música. Pero su maestro se sentía ahogado por ella, tanto por el sonido como por la presencia de la joven. Hoy vino más descubierta que otras veces.
Su carne era la manzana prohibida. Para su maestro, la muchacha resultaba ser una paradoja de mujer: su encanto dominaba a todo el mundo, y todo el mundo a su vez la adoraba por su humildad. Y sin embargo, seguía siendo una mujer joven, de esas que con un gesto, una mirada o el sonido de su voz hacía entender que sólo había espacio para que se llevara a cabo su voluntad. Igor era débil ante tales encantos, un hombre viejo cae más fácilmente ante una mujer tan joven ya que cree que se trata de un animal indefenso al cual debe de proteger, cuando la realidad es que el hombre cae sin darse cuenta en el hechizo de los cantos de sirena que bosquejan a la belleza de la muchacha.
La pieza terminó y Emilia se detuvo. Su maestro iba a decirle algo insulso como es costumbre en los viejos en tanto a las muchachas, pero Emilia se adelantó mirándolo como a un lacayo. Le ordenó que le besara los pies. Igor se quedó mirándola a los ojos. En esto advirtió que la mirada de Emilia era la de alguien que no comprendía a la posibilidad de que no se ejecutara alguna orden suya, a tal punto que sus deseos debían ser cumplidos antes de que siquiera su boca pudiera bosquejarlas en palabras tan delicadas producto de su voz tan fina como la de una niña pequeña que padece de timidez. Gracias a esto, su maestro comprendió que todos debían de sentir la dicha del cielo al cumplir alguna orden dictada por esa boca.
Se arrodilló ante ella cuando se dejó descalza. La ropa de la muchacha estaba bien ajustada a su cuerpo. Acercó sus labios trémulos hasta los pies de la ahora transformada en diosa de la virtud y del deseo, la diada de la luz y de la oscuridad, pero ella lo detuvo colocando sus manos entre las mejillas del maestro y le besó los labios. Su beso fue como el roce de un lirio en la boca, dejó un perfume agradable y duradero.
—Suficiente—le dijo Emilia, pero no con un tono imperioso, sino con voz mansa. El hombre se detuvo en el acto apenas la muchacha diosa se lo ordenó. Comprendía que Dios de alguna forma se manifestaba en ella, y desobedecerla sería pecar.
—Perdón, Emilia—respondió Igor poniéndose de pie.
—Recoge mis zapatos—volvió a decir con su tono de voz. Igor cumplió la orden. La muchacha no le agradeció pues ella mandaba y el hombre obedecía. Era la costumbre a la cual ella sometía a todos.
Igor retomó el piano y el salón se volvió a llenar de música. Esto al menos aplacaba a la lluvia interna jamás manifestada por parte del pianista. Pero sin embargo, se sentía feliz siendo esclavo de Emilia. Ella era simplemente majestuosa.