antes de que la noche caiga de forma inclemente.
Sin advertirlo, los vientos alisios la desvían de su camino.
Para la paloma blanca, todos los caminos eran iguales.
Ella no podía tan siquiera diferenciar
entre el fuego póstumo de un cielo teñido
en un azul profundo y triste como la muerte,
y entre un cielo besado por labios cerúleos.
Sin previo aviso, entra en un mundo impío.
Agotada, reposa sobre las ramas de un abedul.
La blanca paloma yace tan queda
como una estatua sin pensamientos ni temores.
Blanca y queda como un espectro del pasado lejano
no se percata que detrás de ella
se posa un enorme cuervo
que comienza a graznar como un demonio colérico.
La paloma se da la vuelta
y logra mirar a los ojos del ave negra
la cual en un movimiento vertiginoso
como una serpiente al atacar
le encaja el pico en el pecho
y lo taladra hasta arrancarle el corazón.
El cuervo lo arrancó con vehemencia
como una bestia horrorosa y maldita
soñada dentro de los más profundos horrores
de una mente debilitada y hechizada por horror
que arranca al alma de su soñador;
devora al corazón de la paloma como a una fruta palpitante.
Ahora, la paloma se desploma pesadamente
Sobre el suelo estéril y gris,
Cayendo sobre él
como un fantasma de los días que jamás van a volver.
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Mientras tanto, el cuervo huye de la escena,
es el demonio expulsado del jardín del Edén.
La paloma blanca, con un hueco en el pecho
del cual se escapa su sangre ahora tan negra
contaminada por el cuervo,
parece la imagen de la tinta derramada sobre el papel.
El ave blanca de súbito se levanta como un fénix obscuro
encendida en llamas azabache.
Emprende entonces su nuevo vuelo
Con alas ahora obscuras como una noche sin luna.
Y es que con el tiempo,
Hasta una paloma logra convertirse
en un cuervo.