Esta es la historia de Ma'nápe y sus hermanos, quienes mucho tiempo atrás gozaban de abundantes y ricos condumios, gracias a la generosidad del Wazacá, o Árbol de todos los frutos. Así fue hasta que a Ma'nápe se le ocurrió cortarlo. Akuli, por su parte, intentó persuadirlo, asegurándole que si consumaba sus intenciones se quedarían sin comer, y además, se originaría una terrible inundación.
Ma'nápe no hizo caso y partió bosque adentro, donde encontró el fuerte y alto tronco del árbol, el cual intentó herir con su hacha. La corteza no sufrió el menor rasguño, por lo que invocó a árboles de tronco blando, intentando que el Wazacá cediera. Ciertamente esto funcionó, y su corteza empezó a doblegarse. Akuli, quien había seguido a su hermano para evitar el desastre se asustó mucho, e intentó utilizar miel de abejas para rellenar las hendiduras y detener la inundación. Sin embargo su hermano iba muy rápido, y con cada golpe de hacha nombraba a árboles más y más blandos, hasta llegar a la papaya. “¡Palulu-yeg!”, dijo, y el Wazacá quedó unido con tan solo una delgada capa de corteza.
Entonces todos los hermanos llegaron, y el intrépido Anzikilán gritó: “¡Waina-yeg!”, invocando a un árbol cuya corteza es dura como la roca. Ma'nápe no se dio por vencido e insistió con sus conjuros. Como la corteza del Wazacá había quedado muy débil, su tronco terminó por caer, irremediablemente, al igual que su exuberante copa, sus grandes ramas y sus abundantes frutos. El Wazacá se llevó consigo ramas, bejucos, piedras y a los árboles Elu-yeg y Yaluwazáluima-yeg, de los que se originaron las montañas de nombre epónimo. Del tronco del Árbol de todos los frutos nació Roraima, gigante eterno, majestad de la sabana. La copa del Wazacá y sus frutos cayeron del lado norte, lo que explica la existencia de tantos platanales en esa zona, aún cuando nadie los sembró.