Mi barco
El tío Dile, regordete y chiquito, una vez me mostró el mar; un mar seco, sin vida, a lo mejor no me lo creen, así como así, me lo mostró, lleno de puertos y barcos, en una fotografía de un viejo libro de la primaria. Pero en mi recuerdo estaba aquel cielo marino, aquellas olas calmadas que se levantaban insistentes en mi memoria.
No muy lejos de la realidad mi barco es fantástico, cuido de él, con el mayor celo posible, lo único que lamento es la ausencia de tripulación, solo yo, estoy allí, parado, detrás del timón con la vista en el horizonte, o tratando de mirar al otro lado del monte, donde las nubes se ocultan para formar distintos personajes. Mirando ese lugar donde mi barco no
podrá llegar.
A veces juego a perderme entre sus diferentes compartimentos tratando con una tripulación ausente y al final siento que las olas embisten y tengo que luchar con la tempestad que apenas si roza mi inexperiencia como capitán, entonces me felicito y en honor al mérito como navegante audaz y despiadado, adquiero medallas y cintas multicolores. En el desierto de las aguas escucho aplausos y aclamaciones.
Tomo la palabra y mi voz es esperada por los tripulantes... pero alguien llega y mi barco es apenas un punto en el cielo marino de mi memoria, donde el agua salada se esparce por todo mi cuerpo. El recién llegado mira con sorpresa la soledad y el olor a algas de mi habitación. Mi barco se aleja solo, sin tripulantes, sin capitán. Va a la deriva. No tiene quien lo defienda de una tempestad.
¡Caray! Tener que esconder entre mis sueños el barco llenándose de furias, lo he sentido encallar en las paredes de mis venas y luego caer en un remolino inmenso que va vaciando el lago hacia el océano del corazón, entonces tengo que apurarme y tirarlo a bocanadas por algún riachuelo; mi barco sigue a la deriva, casi a punto de hundirse; pero logro subir y me planto frente al timón, y lucho, y lucho, esgrimo los acosos, y al final logro el control.
Ahora está en el lago, va a la deriva. Lo he visto montar pájaros, ser arrastrado por los vientos. Tiemblo, porque no sé qué pasará si llega alguien y no pueda abordarlo. Tiemblo de saber que tengo que esconderlo y dejarlo solo, perdido entre las aguas.