Después de «olerme», comenzó a rozar con su nariz mi cuello, tal y como lo hizo en la feria. Sentí el tacto de la piel de su nariz en mi cuello con suma suavidad. Fue lento, fue intenso, fue excitante. Mientras hacía varios movimientos en mi cuello, acariciándolo, yo no sabía qué hacer, cómo responder. Mis manos comenzaron a sudar y temblaban. Mis piernas también temblaban, en parte por el frio que se colaba por mi vestido, y otro tanto por los nervios del momento.
En un momento dado, el se separa lentamente de mi cuello y me dijo, un poco susurrando, «¿Estás nerviosa?». Negué con la cabeza pero la verdad era que sí. Supongo que él sintió el temblor de mi cuerpo. O quizá la respiración algo acelerada que me salía. Estoy segura de que era un hombre experimentado: debió haber tenido intimidad con muchas mujeres en la capital. Mujeres diferentes a mí. Mujeres cultas, con historias que contar, con muchas prendas que vestir, con una estela de novios y de experiencia de la cual yo carecía. Yo sólo era una chica provinciana, que nunca había estado con un hombre. No dejaba de pensar «¡Qué vergüenza!». Pero lo disfrutaba igual.
Él me dio un beso en el mentón, con la lengua. Pude sentir todo mi cuerpo vibrar en ese momento. Cerré los ojos. Lo disfruté y lo sentí sumamente lento. Él subió con nuevo besos por mi cara. Nuevos y pequeños besos. Lo hizo en mis mejillas. En mi nariz. Y luego se posó en mis labios. Ese primer beso lo recuerdo con especial ternura.
Él, sujetó ahora mi cuello y, subiendo, acarició mi cabello, por la nuca. Yo, atrevidamente —no se cómo me nació— lo abracé y apreté a mí. Fue ahí cuando sacó su lengua. Fue la primera lengua que tocaba mis labios. Los recorrió suavemente, y luego, la introdujo en mi boca. Subí mis manos y acaricié también su cabello, y en un movimiento inesperado, pude sentirlo su duro.
Pero luego, osadamente, el se sacó su miembro. Era la primera vez que tenía uno frente a frente. No sabía qué hacer, aunque el recuerdo de mi hermano con Marissa era latente. Yo no quería ir más allá: tenía miedo de que las cosas se salieran aún más de control. No dejaba de pensar en las advertencias que la Hermana Milagros nos hacía en clase de Humanismo y Probidad «sexo prematrimonial no sólo es pecado, sino que es una forma de exponerse a embarazos no deseados y a enfermedades venéreas». Pero las ganas eran aún más fuertes, así que en mi corazón pidió auxilio Divino para resistirse. Le dije que no quería tener sexo porque sería mi primera vez y no quería que fuese así; entonces él me propuso una solución salomónica: hacerle sexo oral. Yo, de entrada, me opuse, pero las ganas no perdonan, y accedí.
De esa intrépida noche, guardo todos estos «mágicos» recuerdos, pero quizá él, donde quiera que esté, no le guste recordar lo que sucedió después: se escuchó el grito de una señora «¡Hey!, ¡¿Qué están haciendo allí?!» e inmediatamente nos despegamos. Caminamos muy rápido hacia mi casa, y casi no hablamos. Al llegar a la puerta, se despidió con un beso en la mejilla, y entré. No lo vi más. Esa noche me masturbé recordando todo lo vivido.
Yo no podía creer lo que sucedió esa noche: había hecho sexo oral. Ya sabía «cosas». Lo confieso: me sentía un poco mal porque me sentía una «puta», porque había tenido «algo de sexo» con alguien sin amarlo, sin ser novios. Pero todo eso me hacían pensar: ¿qué es ser puta? ¿Vivir una experiencia de vida, como lo hacen los hombres, te hacen una cualquiera? ¿El sexo está bien para los hombres y es malo para las mujeres?
§
Todas estas cosas estaban presentes en mi mente cada día que pasaba. Luego, con el pasar de tiempo, otras cosas minaron mi atención: las clases, las ferias, los problemas económicos en casa, el hecho que Esteban no quería estudiar en la universidad —pero tampoco podría, por falta de dinero—, ver que por los mismos problemas no podría entrar en la universidad a estudiar medicina, etc.
Pero luego, a los 17 años….
…Continuará….