He venido observando y creo que a más de uno les habrá ocurrido, que conocemos a una persona que siempre recurre a nosotros solicitando un favor, y como creyentes y practicantes del principio de solidaridad con nuestros semejantes, correspondemos en la medida de lo posible a solventar el problema de aquella persona, así pasa muchas veces con la misma persona y siempre respondemos positivamente, pero basta con que una vez le digas que en ese momento no puedes ayudarlo para que se convierta en tu enemigo, olvidando por completo todo sentimiento de gratitud por todas las ocasiones en que fue ayudado anteriormente. Esta situación, bien incomoda, la viví ayer con un amigo y su actitud trajo a mi memoria esta historia que hoy quiero compartir con ustedes.
Hace mucho tiempo, mi hijo mayor que para ese momento contaba con seis años, al filo de una media noche se le presentó una crisis asmática muy severa. Todos los padres que tenemos hijos con esta condición sabemos lo desesperante y peligroso que puede ser para un niño estar privado de la respiración
Rápidamente decidimos trasladarnos hasta un centro de salud donde el niño pudiera ser atendido adecuadamente. Pero se nos presenta el inconveniente, que mi vehículo no estaba operativo en ese mal momento, la alternativa era tomar un taxi.
Salimos mi esposa y yo con el niño cargado a la calle en medio de la noche, caminamos hasta la esquina cerca de mi casa, donde había un grupo de jóvenes que escuchaban música, compartían unas cervezas y conversaban animosamente. Como para sentirnos un poco más seguros, nos paramos cerca de ellos a esperar el taxi, pasaban los minutos que parecían horas, pero en el medio de esa noche no pasaba ningún vehículo. Uno de los jóvenes se nos acercó, curioso sobre nuestra presencia en la calle a esa hora de la noche y al enterarse del problema se ofreció a trasladarnos hasta el centro de salud en su carro, desde el cual provenía la música que estaban escuchando, sin pensarlo dos veces abordamos el vehículo.
Todo este proceso tardó más de dos horas, el niño recuperó su respiración normal el médico dijo que ya estaba bien, nos dispusimos a retirarnos. Recorriendo los pasillos hacia la salida del hospital, aunque ya más calmado por la mejoría del niño que caminaba tranquilo a mi lado, otra vez empiezo a pensar en la dificultad para encontrar un taxi, así salimos hasta el estacionamiento y cuál sería mi gran sorpresa de ver al mismo joven sentado tranquilamente en su vehículo esperándonos, nos recibió con una gran sonrisa al ver las mejores condiciones del niño y hasta bromeó con él.
Cuando llegamos de regreso a casa, aun seguían allí reunidos el resto de jóvenes compañeros de nuestro salvador, no me cansaba de agradecerle una y otra vez al muchacho al mismo tiempo que trataba de poner en sus manos algo de dinero para que se compraran otra cajita de cerveza, por más que insistí el muchacho se negó a recibirlo, se despidió de nosotros y se unió otra vez a seguir compartiendo con sus amigos
Nunca supe el nombre de este muchacho, porque él no vivía en mi comunidad solo estaba allí de visita ese día. Desde ese momento hasta ahora han transcurrido veinticinco años y a lo largo de este tiempo he visto a este señor, porque ya no es tan joven, por casualidad, caminando por alguna calle aproximadamente cinco veces, lo que hace un promedio de una vez cada cinco años y cada una de esas pocas veces que lo he visto, en tan largo tiempo, inmediatamente viene a mi memoria aquel día de su bondadosa acción, nos saludamos con un gesto de amabilidad, no sé si acordara de mi, pero a mí, a pesar de no saber su nombre no se me ha olvidado lo que hizo por nosotros.
Y es aquí donde viene el centro de mi reflexión y para eso es bueno que sepan, que tengo una muy mala memoria para recordar los rostros, pero no es desde ahora por la edad, siempre he tenido ese problema, sobre el cual tengo varias anécdotas que les contaré en otra oportunidad, lo cierto es, que actitudes como la que asumió mi amigo ayer, mañana no las recordaré y las palabras que me dijo, sobre hielo quedaron escritas. Pero por alguna razón gestos como el de aquel joven y el de muchas otras personas que alguna vez me han ayudado en diferentes circunstancias difíciles que me han tocado vivir, los guardo en mi memoria como si en piedra hubieran sido grabados