La niña corrió escaleras arriba, no tenía mucho tiempo. Sabía que pronto volvería y tenía mucho que hacer. ¡Maldita caja! Ahora su contenido estaba encima de la cama de su padre y no era capaz de ponerlo en su sitio tal y como lo había encontrado. ¿Por que lo había abierto? La curiosidad puede ser una gran virtud pero esta vez le había jugado una mala pasada. Jamás pensó encontrarse aquello, de haberlo sabido no lo hubiera hecho. Con sus casi nueve años era una niña muy madura pero esos malditos trozos de corcho blanco no encajaban con aquel aparato. Le gustaba mucho los rompecabezas, pero aquello era demasiado. Además estaba la tensión por el miedo a que la pillaran infraganti. Sabía, sin que nadie se lo hubiera dicho, que no debía haberlo visto, mucho menos tocarlo y menos aún abrirlo. Jolines que no había forma de arreglarlo de manera que no se notara. Tambien sabía que no podía pedir ayuda, a nadie. Era el segundo día de enero, y a pesar de que hacía bastante frío, estaba sudando de tanto esfuerzo. Hizo lo que pudo y era consciente que se iba a notar. Para colmo tenía que subirlo encima del ropero, con más coraje que fuerza, con la insatisfacción que le había dejado dejar la caja mal cerrada. Al menos no había llegado nadie antes de acabar.
Esa noche se acostó pronto, no quería estar despierta cuando llegara su padre. Las pesadillas de que la pillaban haciendo algo malo la mantuvieron en tensión toda la noche. Pero siempre amanece y con la mente más despejada ideó un plan. Por una parte debía esquivar a su padre. Por otro lado se había autoimpuesto un castigo: dormir en la cama deshecha. Puede parecer que no es un castigo que un niño de 8 años no se haga la cama, pero en este caso lo era. Perfeccionismo o manía. Si las cosas se pueden hacer bien, hay que hacerlas bien. Era su forma de actuar.
Pasaron tres noches más y su padre la despertó con una sonrisa cariñosa aunque con cierta mirada de reprobación. Ella sabía que este era el día en que tendría que confesar. Lo abrazó llorando mientras él la tomaba en sus brazos y la llevaba abajo, al salón. Y allí estaba el dichoso aparato, una maquina de escribir Lettera 10. Intentó poner cara de asombro, mientras veía de reojo como su padre se aguantaba la risa mientras le decía: ¡Feliz día de Reyes¡
Espero que os haya gustado.
Gracias a todas las personas que me leen y me siguen. Quiero hacer mención especial al . ¡Uno para todos y todos para uno!