Los días en Venezuela son intensos. Todos cargados de lecciones de vida, de dolor, de rabia, de alegría. Por allí escuché que los venezolanos bebíamos en la misma copa las amarguras y las dichas. La frase me gustó. Este es un cuento sobre lo cotidiano. Espero que lo disfruten.
El mercado ardía bajo el sol dominical, la gente deambulaba con gesto de pesadumbre abrazada a sus tristes bolsas de tela; los vendedores de dinero en efectivo acechaban con ojos de buitre.
La sed, el cansancio, me hizo detener frente al porche de una casa, una anciana con áurea centenaria se acercó a la reja y me dijo:
-Perdóname, mija, el abuso, me podrías dar cien bolívares para completar... es para comprar un paquete de sal
Nuestras miradas se cruzaron por un instante infinito, yo conozco esa mirada -me dije.
Le di el único efectivo que tenía, seguí caminando, buscando el mejor precio, alguna oferta, algún milagro; el sol comenzó a arder con más fuerza, pero ahora no en mi piel, sino en mi corazón.