El flamante y pesado Juan Bachaco ese día inauguraba el mas lujoso restaurante del pueblo, lo que le sobraba en dinero le faltaba en humanidad.
También ese día Don Apolinar inauguraba su pequeño negocio de comidas justo al frente de aquel ser.
Juan Bachaco le decía a su pequeño competidor:
Don Apolinar, como se le ocurre poner ese negocio frente al mío, apuesto que ninguna persona va a entrar a comer a esa cueva.
Con todo respeto Juan Bachaco, mi comida es tan buena como la suya y además no estoy compitiendo con Ud pero le deseo toda la suerte del mundo y lo felicito por su bonito negocio.
Ja...Ja...Ja...; hasta habla bonito este perdedor, mejor vaya buscando otro lugar para montar su tarantín y mirándolo con desprecio se metió en su gran negocio.
Una dulce anciana camina con dificultad agarrándose fuertemente su estómago debido a la gran hambre que sentía
y llega primero al lujoso lugar:
Señor, será tan amable de dejarme pasar a su negocio, ay señor; me desmayo del hambre.
Señora, mucho lo lamento pero a simple vista se ve que Ud no tiene el dinero suficiente para optar a mis exquisiteces de alta cocina y por favor deje el paso libre que se me está llenando el negocio.
La pobre señora humillada por aquel ser despreciable se aleja pero se abstuvo de suplicar a aquel ser sin alma y camina de nuevo lentamente hacia el otro sitio de comida.
Don Apolinar al verla entrar con gran cariño la ayuda a sentarse diciéndole:
Siéntese Señora que la atenderé con gran gusto.
-Gracias amable señor pero me temo que el poco dinero que tengo solo me alcanza para comerme solo un panecillo y gracias por no correrme de su local.
- No se preocupe abuelita ; coma todo lo que quiera y después me lo paga, ya sabía Don Apolinar que la pobre señora estaba a punto de caer del hambre.
Ël veía con felicidad a la dulce anciana degustar su mejor plato que al parecer iba a ser su única cliente del día y ya resignado pensaba seriamente en cerrar su negocio que no vería un nuevo amanecer ya que todo el pueblo al parecer prefería las delicias de Juan Bachaco.
Señora, le gustó mi comida.
Ay señor, me encantó; acaba de resucitar a una muerta; lo único que lamento es que le tocó como única cliente esta pobre vieja y pobre.
Por favor Señora váyase tranquila y es más me cayó tan bien que no me debe nada.
Ay Señor; que pena con Usted; solo me queda decirle ¡QUE DIOS SE LO PAGUE !
Con el tiempo algo, algo increíble pasó, una bondadosa hormiguita tenía su negocio lleno de gente y un malvado bachaco era el que bajaba la puerta santa maría de su flamante negocio.
La bondadosa hormiga solo recordaba aquella frase que alguna vez alguien le dijo: QUE DIOS SE LO PAGUE.