"Solo soy un cordero con piel de lobo", se decía a sí mismo cuando quería creer que en él todavía habitaba un diminuto atisbo de bondad. Sin embargo en las honduras insondables de su lúgubre alma se escondía lejana la verdad de su realidad, pues nuestro personaje era mucho más que cordero, suricato.
Suricato, sí. Adorable animal, ¿cierto? Su exquisito comportamiento social y su entrañable curiosidad le otorgan un aspecto de delicada y meliflua apariencia. Y sin embargo es un ser inefablemente maldito, pues no os engañéis: tras esa aparente máscara de amabilidad se esconde una indecible y aterradora violencia contra los de su propia especie.
Fascinantemente terrible es el ejemplo del suricato hembra, una criatura sin duda maquiavélica, que de tener la relativa suerte de alcanzar la más alta de las jerarquías, controla la natalidad del resto del grupo y asegura el alimento de sus crías en base a darle impetuosa muerte a los retoños de sus compañeras. Todo ello con una piedad que podríamos dar en llamar, generosamente, limitada. Y en eso, sin duda, él había conectado con su lado más femenino.