El título debiera haber sido más largo, algo así como “Carta abierta a las instancias enfermizas que no quieren soñar e impiden que sueñe nadie”. Pero, ¿cuánto tiempo pensáis que puede paralizarse un instinto? ¿enterrarlo muy hondo bajo tierra, patearlo con botas de puntera metálica, hacer como que no existe, degradarlo con mentirosas acusaciones? Nada, nunca, nadie ha logrado eliminar el instinto de felicidad que tenemos los humanos. Parece un camino muy largo y lleno de monstruos que acechan para matar al viajero y que no alcance su meta; y puede serlo, si pensamos únicamente en la duración de la corta vida con la que contamos.
No he querido tener descendencia, ni siquiera he debido planteármelo en serio, siempre supe que mis hijos serían mis proyectos, mis errores y mis aciertos; que mi sangre es la del planeta entero, que mi corazón late al ritmo de todos los tambores que no suenan a la guerra. Que no necesito transmitirme de esa manera. Pero mi deseo es que la mayor preocupación que puedan tener mañana vuestros nietos sea cómo ser dichosos ese día. Que en su mundo, las clases sociales no existan, porque nadie les dé crédito. Si los hubiera tenido, no me gustaría dejarles en herencia una cultura que les obligue a tener miedo de que los demás también vivan tranquilos, sería condenarles a la desdicha eterna. ¿Cuánto tiempo durará la corte de novísimos dictadorzuelos? Imposible saberlo, pero la cuenta atrás sigue marchando a buen ritmo.