¿Qué sabemos de los EE.UU., ese país que parece un continente y que estaba tan a gusto, sin saber que sería un país, hasta que empezaron a llegar europeos, no para compartir territorio, sino para apropiárselo? Seguramente pensaríamos en películas de indios y vaqueros, en Mel Gibson, en el corredor de la muerte, en las Torres Gemelas... Si decimos, finalmente, que allí hay un presidente que se llama Donald Trump, dan ganas de correr hacia otro lado. Siguen utilizando la guerra y la injerencia en cualquier otro país que no actúe bajo sus órdenes, obviando los derechos humanos en su propio beneficio. Pero el problema de sus habitantes es el mismo que tenemos los demás, estemos donde estemos: los pactos entre las familias poderosas para cambiar algunas cosas sin que nada cambie, más el miedo de la middle class, que consigue que sean cómplices de la cima de la pirámide, insolidarios con la mayoría.
Sin embargo, la gente siempre buscamos la libertad más como un instinto que como una ideología, y a punto estuvieron los norteamericanos de cambiar el rumbo de los acontecimientos, si atendemos a la revolución cultural que eclosionó en los años 60, pero que tuvo su inicio tras la Segunda Guerra Mundial.
Mi agradecimiento a tantas personas inteligentes que podrían haber sido los perfectos sostenedores de un sistema desequilibrado, pero que optaron por enseñarnos cosas que no sabíamos, jugándose la libertad y la propia vida. Uno de ellos fue Timothy Leary, un psicólogo vocacional que, por serlo, trabajó incansablemente por la liberación de las conciencias.
Se esforzó para que el ser humano comprendiera que la naturaleza ha puesto a nuestra disposición sustancias que sanan, que nos liberan del ego impuesto, que nos abren las puertas a dimensiones desconocidas, pero que debemos recorrer, como aquellos pioneros que traspasaron la línea del horizonte para descubrir cómo era el planeta que habitaban, a pesar de que el poder decía que la tierra era plana y que caerían a un pozo infinito. Ésa es la Norteamérica que me gusta, la independiente, autónoma y libertaria.
Tras décadas de desinformación interesada, vuelven a escucharse voces que indican que el LSD es una poderosa herramienta terapéutica, pero la ciencia oficial no es ciencia, sino trabajadores a sueldo del sistema, y no quieren que nos conozcamos, tienen claro que el ser consciente de sí mismo nunca será dócil y obediente.
Ésta sería una entrada demasiado extensa, si contásemos la azarosa vida de Timothy Leary, pero basta que digamos que fue expulsado de Harvard y considerado el hombre más peligroso de Norteamérica, que estuvo en la cárcel, que huyó a Argelia y más tarde a Suiza, que su legado nunca caerá en el olvido, que su eterna sonrisa tiene el brillo del gato de Alicia. Murió en 1996, a los 75 años, habiendo solicitado que sus restos fueran enviados más allá de las estrellas; y ahí anda, intentado descubrir el funcionamiento de la mente universal.
Escribió una larga lista de libros, a cada cual más interesante; pero para empezar a conocerlo, el más recomendable es el que habla de sí mismo: «LSD FLASHBACKS. Una autobiografía”.
En 1969, se presentó como candidato a gobernador de California, compitiendo con Ronald Reagan, imaginad qué diferente sería el mundo, si hubiera ganado la evolución. Pero nunca es tarde, “come together, join the party”.
Imágenes:
http://blog.sevenponds.com/the-science-of-us/tune-in-could-psychedelics-break-down-depression
https://www.magazinuni.cz/ruzne/revoluce-vedomi-%E2%80%93-timothy-leary/