Era un niño de unos dos años. Llegó con su madre y guardaron turno en la sala de espera, la central, la más amplia de todas, rodeada de los despachos de las diferentes especialidades. Parecía claro que el pequeño tenía fiebre, mi ojo clínico de galeno casi jubilado no me engañaba con esas cosas, quizá con otras, pero la fiebre era como mi mano derecha, la hubiera reconocido en cualquier especie animal, vegetal o mineral, porque no se trata sino de un estado distinto, y no es tan difícil advertir esa distinción, si se conoce la normalidad.
Saqué las llaves del bolsillo de mi bata para abrir el pequeño habitáculo donde pasaba consultas, mientras otros niños jugaban, correteando por los pasillos; no sé cómo hay madres con la cachaza suficiente para consentir que sus hijos molesten, y más en un ambulatorio, y continúen compartiendo recetas o haciendo ganchillo como si nada. El niño de la fiebre parecía examinarlos, y fue su mirada lo que me llamó la atención de tal forma, que nunca he olvidado la impresión que me causó. Parecía pensar de aquellos niños atolondrados lo mismo que yo, lo noté en su gesto, antiguo como las sombras, que apenas cambiaba en el rostro enfebrecido, rodeado de piedra fría en paredes, suelos, en el olor a desinfectante, a soledad o a desaliento, tan fría como un desamparo.
No sólo yo me fijé en el pequeñuelo: Manuel -un anciano con la boina calada hasta los ojos, de manos grandes que asían la garrota con la dulzura con que se acaricia a la más fiel compañera, y sólo un tosco chaquetón de pana sobre los hombros, a pesar de las heladas de aquel invierno-, llevaba un buen rato mirándolo con la misma sorpresa en el rostro que la que yo tenía, seguramente. Era un amigo del barrio desde que tengo memoria, iba todos los meses a por su receta de morfina, y quién era yo para negársela. Una vez, ya hacía mucho, llegó a mi casa, que pude conservar gracias a que mi familia lleva el apellido Primo de Rivera (de cuarta generación, pero suficiente para obrar el milagro de abrir puertas más difíciles de franquear que el Mar Rojo), de noche, para que le escondiera papeles impresos por multicopista y algún libro de Kropotkin. Naturalmente, lo hice.
Los dos sabíamos que el niño enfermo, no más que de un mal constipado, según supe más tarde, se estaba dando cuenta de que allí, tiempo atrás, habían armas, y camillas con heridos, soldados, enfermeras con el uniforme manchado de sangre, carreras y gritos. Y también que hubo, después de eso y hasta que el caserón volvió a cumplir con su función de ambulatorio, la misma paz que deben de tener los muertos, o peor -porque los muertos ven las cosas desde otra perspectiva, digo yo, si no, ¿qué objeto tendría cambiar de naturaleza?-, la paz que acosa, detiene, humilla, da palizas a uno solo entre cinco o seis, la que pone a prueba constantemente el valor de ser humano.
Aquel niño miraba la sala de espera desde más de cuatro puntos cardinales, entre asustado y con el asombro de quien aún no comprende muchas cosas, pero no lo oculta. Era la fiebre, sin duda, que instala a la gente en una flecha, y la dispara hacia dimensiones desconocidas.
-¿Tú no vas a jugar con esos niños? -le preguntó Manuel, aunque los dos sabíamos la respuesta.
El pequeño le miró con sus pozos profundos, y le hizo un gesto con la cabeza, "¿jugar? ¿es que esos niños son tontos, no ven lo que está ocurriendo?", parecía pensar desde sus mofletes rosados por la alta temperatura de su cuerpecito.
El anciano perdedor en un mundo siniestro y yo, casi viejo y sin haber ganado nada en un mundo igual al suyo, cruzamos miradas; estábamos acostumbrados a no hablar, si no hacía falta, para decirnos que, a pesar del silencio, siempre habrá personas que no olvidarán nunca lo que vieron en el ambulatorio del barrio, cuando, de pequeños, un día, tuvieron fiebre.
Imágenes:
https://pxhere.com/es/photo/574081
El dibujo del anciano es de Robinson Avello Ayala: https://www.artelista.com/obra/75857038433087201-anciano.html