El brillo era cegador, y su éxtasis, meditabundo. Los ojos se le llenaban de verde río y de garzas líquidas que deslizaban sus plumas sobre el mercurio de las aguas; pensaba que pronto dejaría de ver el vuelo de los vencejos, la bondad instintiva del antílope; que no volvería a escuchar el rugido mimoso del serval, en las noches de amor galante y sincronizado con el eje de la tierra. Lo vio en la bandeja de arena con nueces de palma, después de sonar la campanilla.
Debía viajar hacia la cara oculta del lago, aunque la esencia que conformaba el dibujo de su sangre, al transitar por las venas, quedara por siempre impresa en cada árbol que la había visto nacer. Olvidaría y volvería a recordar, era el mensaje de la fuente del calor que se unía con el vaho de la hierba; nacería mil veces del talle de una espina, sería el antiguo caos recomponiendo moléculas, el sol de la diosa que nace en las gargantas que acogen a los arroyos.
El coro lejano de los más pequeños, jugando a lanzarse a una poza amablemente profunda, sus risas magnéticas color de ocaso, hizo que una lágrima, agradecida por ese instante sin rumbo ni motivo, llegase a sus labios, semiabiertos en una sonrisa especial, porque no era necesaria. Bajó lentamente de la loma desde la que los troncos de los árboles parecían esculturas con sombreros de oro verde, tenía mucho tiempo para llegar al camino de los minerales aplastados por el peso de los edificios.
Celia despertó convencida de que no había sido un sueño, aún bailaba, prendido en la piel, el aroma cambiante de la brisa violeta de un crepúsculo sin nubes.
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La fotografía es de mi propiedad. El galgo Eco estaba viviendo conmigo hasta recuperarse de su vida anterior, no por su mala cabeza, sino por la de los humanos con los que se había topado un mal día. Llegó escuálido, con llagas y heridas, pero con una ternura que conquistó a los habitantes de mi casa. La perrita Tania le entretenía con sus juegos de locuela consentida, los gatos le lamían los párpados, cuando una mala sombra de recuerdo hacía que una lágrima brotase de sus ojos profundos como mares negros, las cerditas lo acompañaban en sus siestas al sol que entraba en el patio, y yo nunca antes había pertenecido a una tribu tan bonita.
No maltrates a los animales, son de lo mejor que tenemos cerca.