Les gusta el ruido blanco de la corteza del aire. Lo cuidan porque les lleva a su conversación infinita; cuando no se esconde, es comunión verdadera con todo lo vivo, como la vez que dijo en silencio, hace mucho, que no es pecado romper relojes, que no son buenos ni santos, sino demonios vestidos de números, uno tras otro ídolos de barro. Mentir no se les da bien, a pesar de que lo intenten, se les nota un destello en la mirada, que se agranda, queriendo comprender por qué están obligados a ser quienes no quieren.
No cuentan las horas que les separan de aquél para siempre que van cumpliendo año tras año con el asombro de un niño riendo sin importarle reírse. Guardan el momento en una cajita de madera, con él van al dia nuevo; moribundo, si se observan en la nada de una lágrima perdida en el absurdo; si quiere el infierno que la pausa se les quede en la garganta matemática de las ecuaciones. Pero cede, se disuelve por seguir al sueño de aquella noche de un eterno verano.
Mientras tanto, seguirán cantando "je ne regrette rien" en un susurro, por no molestar a nadie: "Non, rien de rien, ni le bien qu'on m'a fait ni le mal, tout ca m'est bien egal... Non, rien de rien, c'est payé, balayé, oublié... je me fous du passé."
Contra vientos,
despojos, mareas
silencios y vampiros,
tumbas en acequias,
balas de ricino,
tóxicos y plásticos.
Con ajos,
mantras, runas,
escarabajos y ruido,
verbos nacidos
en las plumas más altas
de un indio navajo.
FIN