"¿Qué habría ocurrido si...?", nos preguntamos a menudo, pensando en algo que hicimos o dejamos de hacer, imaginando hasta qué punto aquello, que no tuvo por qué tratarse de una decisión trascendente, quizá sólo fuese cambiar de calle, entrar en alguna distinta de las del recorrido habitual, cambió el rumbo de nuestras vidas.
Si llevamos esa misma idea al campo de la política-ficción, podemos hacer una película de los hechos históricos que rodearon la última guerra fratricida española: en el supuesto de que no hubieran vencido los que lo hicieron, ¿quiénes seríamos, de qué tratarían nuestros intereses, cómo nos comportaríamos entre nosotros?
Me he encontrado con un cartel de la II República, elegida mayoritariamente por la población en las urnas y perdida por un golpe de estado de las élites militares. No fue una guerra civil, fue un ensayo de la que vendría después, la II Guerra Mundial, así que los golpistas contaron con la inquebrantable ayuda de los nazis, primero, y después de los aliados, que mantuvieron al dictador porque ya sabemos que las dictaduras se dejan comprar fácilmente, y tenían planes para esta pequeña parte del planeta, tan estratégicamente situada en los mapas de sus intereses políticos.
El cartel es el que se ve al principio, y me ha venido a la cabeza que, si la república hubiese sido respetada, no seríamos tan brutos, tan guerreros, tan competitivos y machotes/as. Que quizás ahora no maltrataríamos a los animales, y, con esa convicción natural de cuidar al más débil, tampoco nos maltrataríamos entre nosotros. Que las mujeres, al no haber sufrido ese horrible retroceso en nuestros derechos y libertades que impuso la dictadura, no tendríamos que estar recordando a diario lo evidente: que nadie es más que nadie, así que no hay nadie que sea menos. Que todos los abuelos tendrían cerca a sus nietos, que a los hombres no les daría vergüenza llorar y quizás hasta orinasen sentados, o al menos bajarían la tapa cuando terminasen.
Quizá seríamos personas cultas e independientes, la mejor manera de que los habitantes de un país sean felices y puedan decir su nombre, el del país, sin sentir una mezcla de rabia y vergüenza. Qué mala suerte.
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