Me duché cuidadosamente y dormí luego como un lirón. Claro que me importaba, ¿cómo podría pasar por alto el detalle de que fue a la fuerza? Aunque se trataba de algo que todas hemos tenido siempre como probable, así que fui consciente de que me tocó el maldito premio cuando menos lo esperaba.
Nos conocimos en una fiesta, llevábamos varias horas juntos, lo estábamos pasando bien; en otra circunstancia, quizá se hubiera convertido en un buen recuerdo, pero estaba cansada, deseando subir a casa para dormir como un lirón.
Fue en mi portal. En un primer momento, pensé en lanzar gritos de asco, rabia, miedo, qué sé yo... seguro que hubieran salido los vecinos a ver qué ocurría a esas horas de la madrugada.
Pensé en don Millán, el militar retirado que me miraba de reojo, en la señora Paca, que cada vez que me veía con las mallas arco iris, se santiguaba. Pensé que, a partir de entonces, no podría quitarme la fama que aún no se atrevían a declarar públicamente de mi persona: aquello hubiera dejado bien claro que no llevaba una buena vida, por si no eran suficientes las visitas que me hacían esos tipos rastas y el olor a incienso que, según el funcionario del 2º dcha., salía por debajo de mi puerta. Pensé: “let it be”. Y dormir como un lirón, fue mi venganza.
Al día siguiente, me reuní con mis amigos, como si nada malo hubiera ocurrido el día anterior. Ya casi no lo recuerdo, a veces.
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Fotografía de Jaya Suberg
No he querido escribir una historia que acabase peor, pero ésta no es mejor; las otras también son verdad. Tampoco dejaré datos escalofriantes de asesinatos y otros tipos de violencia que se ejerce contra las mujeres, todos sabemos lo que está ocurriendo. Vergüenza.