La niña entró en escena
-observada por los años
más tristes del mundo-
para cantar al sol que todas las flores llevan
en su regazo.
"Somos mariposas en la colección
de un amante de la belleza sin vida",
se oyó decir a una voz desde la calle,
tenía las alas en cruz y el cuerpo cada vez más frío.
La vela era una sombra
que cambiaba de tamaño y de forma
a voluntad de un viento absurdo.
"Cuatro y dos son seis",
concluyó el coleccionista,
perforando el corazón de las canciones,
porque en realidad esos números suman veintisiete.
Miedo era el color de las paredes,
y las hormigas hacían túneles
(sordas,
anfetamínicas)
como si nada estuviera ocurriendo
en la superficie.