Su madre, cantante en los cafés parisinos, se puso de parto en medio de una de sus borracheras. La niña nació la calle, bajo la luz parpadeante de una farola. Su abuela materna le daba vino en los biberones. Su padre era acróbata ambulante. Su abuela paterna la acogió en el burdel que regentaba. A los cuatro años, quedó ciega por una meningitis, y Santa Teresita de Lissieux se la devolvió, convencida por la devoción con que se lo pedían las prostitutas que cuidaban de la pequeña, que le decían, las manos juntas, formando una llama hacia el cielo: “Santa Teresita, es muy pequeñita, no le quites la visión”.
Esa historia podría pasar por un guión de película, un melodrama para emocionar a los espectadores. Pero la vida real puede llegar a ser más miserable que cualquier imaginación; llegó para que la gente soñase con lo único que merece la pena, con la verdad que surge del arte. El precio que tuvo que pagar fue un constante sufrimiento, salvo si el foco que buscaba su pálida cara en ese pequeño cuerpo vestido de negro, estaba encendido en el escenario del teatro; porque entonces, la pequeña crecía hasta salir de sí misma: había nacido para eso.
Seguía siendo una niña, cuando llegó la hora de irse; un alma antigua que había vuelto muchas veces a la vida con otros proyectos y los mismos asombros de siempre. En esta ocasión, había elegido nacer un 19 de diciembre de 1915 como tiempo, París como espacio, y este planeta como el modelo matemático absolutamente relativo. Sólo le hicieron falta poco más de cuarenta años para conseguir lo que quería, y se fue de nuevo.
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