¡Feliz tarde a todos! ♥
Esta publicación es con el fin directo de comentar algo que pasó por mi cabeza de una manera inopinada y definitivamente, no puedo sencillamente dejarla ahí.
Para poder incluirnos primero debemos saber:
De pequeña siempre fui muy fanática del baile, supongo que todos sabemos lo insistente que puede ser una niña obsesionada con algo.
Lo hice sin cesar hasta que por fin mi abuelo accedió a ingresarme en la academia, por lo cual, aún le doy las gracias. Una vez estando ahí no podía creer lo nerviosa que estaba, era la única que sudaba ¡Ni siquiera habíamos empezado a bailar!
Esa vez, fue en la academia de Ballet. Sin embargo, sonreía, caía incontables veces intentándolo y sin embargo, sonreía siempre, me sentía como un pez en el agua o quizás un ave en caída libre, como las solemos ver disfrutando de las torrentes de aire y luego repetir el proceso. Adoraba ser un ave, me sentía 10 años mayor, más entregada y completa ¿Cómo una niña se sentía así? Aún no lo sé, pero sé que fue un importante inicio.
El tiempo pasó y me fui acoplando, me volví más alegre y proactiva. Ayudé a diario, estudié más, leía más, corría más, bailaba más, fue una mejora notable, quizás antes no lo noté, pero lo sé ahora.
¿Todo esto solemos tenerlo en cuenta? Es increíble que la respuesta sea no, estoy muy segura de que muchas veces confundimos el querer de un niño con tan solo un capricho e ignoramos la importancia de darle a conocer talentos ¿cómo se consiguen las pasiones? ¡Se desarrollan! ¿Cómo un niño, que no ha visto y no ha vivido conseguirá desarrollarlas por su cuenta? ¡El cerebro actúa de esa manera! Se le debe mostrar, inculcar, que elija, que disfrute, que viva ¡Los niños también viven!
¡No es lo correcto, no lo ignoremos!