La observaba con siniestro interés haciéndole recordar el terrible error que había cometido. No estaba dispuesta a aceptar su destino. Comenzó a evocar plegarias en mi contra mientras que yo las contrarrestaba con mi mirada blasfema y punzante como frío acero.
Pidió suplicas de misericordia hasta que su voz se quebró, sus lágrimas brotaban, pareciera que la angustia y el horror fueran a matarla. Yo me mofaba en mi mente por el terrible error que ella había cometido. Pensaba que saldría ilesa y que sus invocaciones eran solo juegos, era mi presa y no la dejaría escapar, para ellos esto es un juego, y así es como gano mi alimento.
Mi piel comenzó arder. Esperaba tanto este momento de nuevo, se sentía como estar vivo. Mis colmillos se encontraban secos y sedientos del delicioso líquido vital de sus venas.
Pero, de repente, en un instante sentí como mis fuerzas se debilitaban rápidamente. Una cruz de plata con una punta al final se había clavado en mi pecho, había alguien escondido esperando mi llegada. La luna, las estrellas y el frio nocturno estaban siendo testigos de mi desidia, y mi cuerpo se desmoronó en ligero polvo. Y mi deseo quedó en un eterno suspiro. Esta noche no habrá sangre para mí.