"La codicia arraiga hondo y crece con raíces más perversas que la lujuria, flor de verano."
William Shakespeare.
Cuenta la leyenda dicha por los ancianos, sobre aquél hombre que alcanzó la gloria de manera tan repentina e inverosímil. Se dice que se codeaba con los dioses en todo su esplendor e intangible divina magnificencia.
Su incalculable fortuna era más extensa que las tierras ocupadas por sus cuatro poderosas haciendas de su mayestático imperio. Su incuestionable potestad era icono de respeto de los grandes señores de la región, y su nombre hasta se temía pronunciar.
Pero no siempre ha sido así, en antaño, se decía que fue un simple campesino formado de hierro y tierra, y que por una terrible tragedia a su familia perdió. Pesaroso y desorientado por la pena, huyó a lejanos lugares donde en una colina aquél ser invocó.
Llamado por los hombres el augurio del sufrimiento. Otros le decían Satanás; el que se opuso a Dios. Otros simplemente le decían el caído, el que mora en las terribles penumbras, el diablo; padre de la perdición.
Aquél hombre mustio e irracional, dominado por ese simún de suplicios, hizo un pacto con aquél malévolo ser. Y aquella perdida y traicionera criatura cumplió todos sus términos, y adjuntos a éstos, una semilla le otorgó.
Le indicó que debía plantarla justo en el lugar que sería el epicentro de su imperio, y que entre más poder acumulase más grande crecería aquél fastuoso árbol, de especie extraña, jamás vista sobre la faz de la tierra.
Así fue, que el árbol creció grandioso e impresionante a los ojos de cualquier mente, ya sea de corto intelecto o de amplia cultura. Se imponía espléndido en medio de esas cuatro haciendas, una por cada muerte; por cada sacrificio ofrecido al árbol.
Y es que aquél hombre adoraba al árbol como a una deidad suprema, cuatro veces por semana se escabullía para bañar sus gruesas raíces sobresalidas de la tierra con sangre, y evocaba plegarias pronunciando una lengua maldita y antigua, que lo más probable, es que haya sido el diablo él que se la enseñó.
Se paseaba imponente sobre aquellas vastas e interminables tierras con su séquito de oportunistas, caudillos de la región; quienes respondían a los comentarios y al agrado de aquél hombre para obtener, aunque sea una pizca de su aprobación. Se reunían rodeándolo, como en una especie de corte aristocrática, esperando sus penitentes palabras, cual príncipe de las tinieblas.
Aquellos días estuvieron llenos de terror, el miedo fue sembrado y crecía cada vez más conforme iba pasando el tiempo. Crecía como aquél impresionante árbol, que al mirarlo, infundía pavor hasta en los corazones más audaces.
Pero esa época, de sufrimientos e injurias, escarmientos y tormentos, y de fatales infortunios cesó, cuando aquél hombre feneció bajo el peso de su codicia. Sucedió en una de sus haciendas, y embelesado por la belleza del oro y la plata fundidos en su bóveda, al caer en ella, la fusión simplemente se lo tragó.
Él sofocado quedó, y su muerte en toda la región se sintió. La normalidad reinó de nuevo, en aquellos poblados, caseríos y caminos, y desaparecieron aquellos asentamientos militares limítrofes, que chocaban retadores contra los deseos de su maléfica majestad.
La leyenda culmina diciendo que aquél árbol también murió, al unísono de la muerte de su único guardián. Tan vigoroso e impresionante dejó de ser al enfermar. Sus brillantes hojas se opacaron y desaparecieron, su tersa estructura de madera se volvió áspera y negra, y al final, solo se desmoronó, casi al instante, en un enorme cúmulo de polvo de astillas.
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