Las primeras criaturas, máximas, poderosas, dominantes, devoradoras, hasta malévolas en su naturaleza predadora compiten entre ellas marcando sus regiones, estableciendo lo suyo en un globo de masa terrenal donde las monstruosidades contemplan el abismo.
Se crea un cataclismo para deshacerse de lo inútil, pasan las eras y cada final termina igual, mientras que los dioses menores observan sentados junto a su Dios padre todopoderoso como va surgiendo, desarrollándose, desenvolviéndose y hasta al final morir, la vida.
Y de la sangre de estas monstruosidades de naturalezas incompresibles surgen otras criaturas menores con mentalidades distintas que solo buscan la supervivencia, entre ellas el hombre; observa a su alrededor y aprende, se adapta a lo que le viene, y domina el vasto espacio.
Mientras poco a poco comienza a extenderse el conocimiento de las mentes, las pequeñas criaturas se apropian de todo territorio para crear sus sociedades, los dioses los favorecen y aprovechan para ser amados, los más fuertes son elegidos y continúan con la tarea de sus antecesores.
Perfeccionaron las armas en cada siglo, en cada época y en cada era de la tierra, convencidos de que obtendrían un destino más allá del tangible y una recompensa al final de todo el sufrimiento los recibiría.
Cadáveres empilados como colinas maltrechas y cubiertas de sangre coagulada comenzaron a surgir, opacando la belleza de los enormes valles. Las eras pasan igual y se repiten en un ciclo interminable convirtiéndose en un “uróboros” eterno.
Las formas nuevas comienzan a surgir, las pequeñas criaturas en su insignificancia comienzan a tragar lo poco que queda, enormidades alarmantes de energía suben al universo, convirtiéndose en estrellas, que nunca conocerán la germinación.