«Nada perece en el Universo; todo cuanto acontece en él no pasa de meras transformaciones.»
— Pitágoras de Samos
Las estrellas se reunían para cambiar su posición en milenios de constante reordenamiento. Los Astros mayores tomaban la batuta dirigiendo el control espacial. Eones habían pasado desde la última sinfonía, la creación no ha sido culminada aun. Distancias de años luz han tenido siempre con los seres vivientes provenientes de los celestes que proveen la vida, pero ningún contacto verdadero hubo con ellos.
Draconis se prepara, esperando su oportunidad. A la contienda también van llegando Centauris, Polaris y Andrómeda, para ocupar el lugar del espacio más grande del vasto universo. Sirio va a la cabeza junto con Etamin, cabeza principal de Draconis, continuando con el deber que el destino les profirió. Sus otros hermanos seguían el dichoso plan, pero solo una de las estrellas buscaba armonía en otro lugar.
Altais descendía del inquieto y frío espacio, y se movía constante alrededor del gran acto para impulsarse. Buscó la deseada ruta a una nebulosa desconocida, alejándose por completo de la paralaje de sus hermanos. Dejó de escuchar la melodía espacial. Cubierta de polvo estelar gravitó por ondas de energía. Se había convertido en estrella fugitiva. Cáncer la observó pasando a gran velocidad, y permitió que viajara en los caminos de su reino.
Al no tener un rumbo fijo, decidió dirigirse a descansar hacia una distante luz tenue. Allí conoció a Atria, la solitaria, quien agonizaba en irremediable inacción. Altais sofocó a la soledad de la estrella sin embargó no la hizo cambiar de opinión. Entendió que debía continuar sola con su deserción. Asoló a un planeta distante donde reposó lo remanente de su energía, solo para continuar de nuevo a otras cumbres del infinito firmamento.
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