"Poder decir adiós, es crecer", nunca había sonado tan díficil eso de crecer.
Invadida por la tristeza, entre lágrimas y nostalgia, redacté mi carta de despedida a la ciudad que me vio crecer. Estas calles cobijadas por el verde de sus montañas me vieron arriesgar e intentar, me hicieron fallar y aprender, me enseñaron a luchar y ganar; me hicieron humana.
Me perdonan la mala calidad de la foto, aún así valía la pena retratar lo que veía.
"Nunca está demás mirarte, más aún si te sonrojas para mí.
Sentirme pequeña, sentirme segura, sentirme abrazada,
a tus pies.
Una vida contigo en mis ojos,
una vida contigo a mi lado,
una vida contigo a mi espalda.
Soñaré con tus curvas,
soñaré con tu belleza,
y siempre anhelaré tu inmesidad.
Tus frailejones sembraron semillas, para vivir en el tiempo.
Tu brisa helada cobijó mi alma,
alentó mi espíritu.
Tus páramos, lagunas y ríos,
tus montañas, sierras y valles,
la nieve y tus neblinas eternas,
mi hogar por tantos años.
Adiós.
Adiós, pero te quiero todavía.
No he de olvidarte, pero he de despedirme.
Te quise, me quisiste, quizá nos quisimos demasiado.
Me voy con semillas de tristeza y cariño,
me voy con tus semillas de frailejones.
Me quedarán tus colores,
me quedará tu brisa,
me quedarán tus montañas,
te quedarás con mi ser.
Te digo adiós, con esta despedida,
mi más hermoso recuerdo, crece dentro de mí.
Quizá me despida, para toda la vida,
aunque toda la vida siga pensando en ti."