¿Has presenciado a aquel que observa o interactúa con un par de personas de determinada procedencia, etnia, gusto sexual u otra característica, y ya crea una definición de quienes poseen igual o similar atributo?
Estos individuos forman parte de los establecedores de estereotipos irracionales y, por consiguiente, los causantes de la gran incapacidad de aceptar lo distinto.
Las acciones integradas que originan las cualidades en el período de desarrollo y contribuyen a abrir y fijar sanos enlaces con el medio, son la diferenciación e individuación. Aquellos que padecen alteraciones en el crecimiento, por una formación deficiente o porque la presión interior supera su fortaleza, suelen mezclar el entorno y “meter a todo el mundo en el mismo saco”.
Haciendo esto, evitan un mayor gasto de energía y piensan solucionar la circunstancia que les ocasiona la indiferenciación, aceptando el riesgo de realizar injusticias; esto sólo si tienen en consideración los daños que hacen a su medio, incluyéndose.
Por lo tanto, aprender a administrar nuestras emociones en un apropiado uso de la diferenciación, conlleva a conseguir resultados positivos.
Quizá si un mayor número de personas destinarán algunos minutos diarios a reflexionar sobre las consecuencias de difundir el terrible fuego de la intolerancia y a establecer los límites entre su neurosis y la realidad, habitáramos en un planeta más amigable.