Quizá expresar “mi mamá”, “mi papá”, “mi hijo”, “su abuelo”, y otras formas posesivas, es la razón de que por consecuencia de determinados apartamientos insensatos, es posible que se adueñen de nosotros al percibirnos como objetos, a través del establecimiento de una conexión amorosa, de la provocación de miedo u otra manera de adulteración emocional que llegue a nuestra mente. Es lo que llamo “el dominio asolador de libertad”.
Una enorme cantidad de padres tiene la idea de que sus descendientes le son de su potestad y que por dicho motivo, éstos están obligados a otorgales una obediencia total que posiblemente alcance lo absurdo por el temor a resultados despreciables.
Por esta circunstancia, se logra presenciar diariamente un montón de individuos que no conocen la libertad, que no valoran la independencia o, con mayor gravedad, que la temen. Sin embargo, a aquellos aun no se les ha terminado el tiempo, las puertas de la autonomía están siempre abiertas; es cuestión de fuerza para romper las esposas dueñas de sí.
Depende de cada quien la decisión de admitir o no dicha imposición. Negándola, no se lograría crear una ágil actividad entre dominante y dominado de la que no se obtiene bienestar alguno.
La voluntad para rechazar el dominio de otros, tomar las riendas de nuestra vida, seleccionar el camino que deseamos tomar, o a los que queremos a nuestro lado, es fundamental para establecernos como personas libres.
La verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de sí mismo.
-Michel de Montaigne