Una cualidad propia del ser humano es la posibilidad de intercambiar símbolos para comunicarse. Paradójicamente, es la mayor habilidad que poseemos para manejar nuestras relaciones y una de las que peor usamos, especialmente cuando estamos emocionados de alguna manera.
Sin llegar al mutismo que nos invade ante una situación o a los gritos que solemos proferir cuando somos llevados por la furia, cada vez que nos inquietamos, aunque sea levemente, tendemos a ejecutar una acción equivocada en vez de hablar como se debería.
Lo peor de esa mala práctica del lenguaje, muy extendida por demás, es que con ella podemos hacer daño y perjudicar lo que más queremos.
Si observamos lo que ocurre en las familias, en las relaciones de pareja y en los grupos laborales, nos será fácil ver cómo la gente recurre más a un gesto, a un gruñido o a una “interpetración” que a pedir información o aclarar, con las palabras justas o correctas, el mensaje en cuestión.
Dentro de las modalidades más perversas de nuestro mal hablar están el chisme malintencionado, el tono agresivo cuando éste no es necesario y burla tonta de quien se muere de envidia por el éxito de los demás. Dice un viejo adagio que la palabra es como la paja lanzada al viento, que ya no puede recogerse. Ésta es una sabiduría comprobable en cualquier área de nuestra vida y en cualquier ámbito social.
No bastan las excusas, ni los arrepentimientos. Una vez que la palabra sale de la boca y llega al oído ajeno, cumplirá su trabajo de construir o destruir relaciones. Y es que, a diferencia de lo que sostenían nuestros antepasados, sí podemos “quebrar huesos” al hablar, y lesionar mucho más de lo que pensamos.
Cuando hablamos mal de nuestros semejantes, cuando les agredimos solo porque no coinciden con lo que pensamos o tratamos de disminuir su calidad humana con críticas malsanas y despectivas, podemos quebrar unos huesos que muy probablemente nunca podamos reparar del todo. Afortunadamente, los símbolos sirven tanto para lo malo, como para lo bueno.
Con las palabras podemos destruir (y destruirnos), o contactar con lo mejor que tienen otros en el mundo. Escoger una u otra forma de actuar, siempre será nuestra decisión.