Dar se siente mejor que recibir. Y es bueno hacer de vez en cuando algún acto de bondad.
Hace tiempo veo siempre en la vía de mi universidad a mi casa, a un viejito viviendo en una esquina de la calle, con algo similar a un carrito de supermercado donde guarda algunas cosas, y unos cartones y sábanas a un lado. Siempre lo veo ahí con su única compañía, dos o tres perritos con quienes habla, juega y además comparte esos cartones y sábanas en las noches.
Después de mucho tiempo pensando en hacerlo, hoy por fin me propuse a llevarle algo de comida. En el momento en que tomé la vía, busqué la panadería más cercana y le compré un pastelito, un cachito grande y un litro de agua, y al llegar a la esquina donde vive, me llevé la sorpresa de que hoy, por primera vez, el señor no estaba ahí, pero sí estaba su carrito y uno de sus perritos durmiendo en el cartón, así que de igual manera decidí dejar toda la comida en el carrito y seguir con mi camino, esperando que nadie se lo llevara, o que los perritos no hicieran un desastre.
Habrían pasado unas 5 horas de ese momento cuando pasé nuevamente por esa esquina, y al llegar vi al señor muy contento jugando con un nuevo compañero, era un cachorrito que no podía tener más de un mes de nacido. Lo puso en la parte más alta de su carrito y se paró en frente, le apuntó con las manos como si llevara un arma y trató de que se hiciera el muerto, pero el cachorrito sólo lloró para que lo cargara de nuevo y el señor, que no se resistió, volvió a cargarlo para ser llenado de besitos. Verlo fueron los 5 segundos más adorables de mi día.
Llena de intriga por saber si el señor vio la comida, decidí acercarme y preguntárselo, a lo que me respondió muy alegre con un “ Sí ”. Satisfecha, decidí seguir con mi camino, pero el señor continuó:
-Claro que la vi, comí y también compartí con los perros, les di agua y también le di un poco al vigilante de aquel centro comercial-.
Impresionada con su generosidad, siendo un señor que duerme sobre un cartón en la calle y se alimenta de basura, se me escapó decir “qué lindo que comparta con tantos las pocas cosas que tiene”, y para terminar de sorprenderme, respondió:
-Pues ve, allá arriba hay un Dios que lo ve todo, y en esta vida hay que ser buenos y ayudar a los demás… ¿y quién sabe? Quizás el día en que me muera me quieran mandar al infierno, y de repente se acerque un perrito a Dios y le diga “Conchale Diosito! No lo dejes por acá, él tiene que ir al cielo con nosotros”-, terminando su frase con una mirada que -parecía- trataba de explicarme cuánta razón tenía.
Y yo sólo pude pensar: pues cuánta razón tiene.
Muchas veces sentimos que tenemos poco y no somos capaces de compartirlo, se nos hace imposible darle dinero a alguien sin esperar que lo devuelva, porque después nos va a hacer falta y nos arrepentiremos de haberlo soltado así de fácil. No podemos compartir nuestras comidas, porque después quedaremos con hambre, no vamos a compartir nuestra cama con otro porque entonces dormiremos incómodos…
Pero quizás todos algún día nos encontremos con alguien que tiene un cartón como cama, que come basura para mantener su estómago lleno y que vive en un estado en el cual lo más normal sería estar deprimido o loco, y que comparte ese cartón, su comida y su vida con quien lo acepte, ya sean perros callejeros, o un trabajador cuyo sueldo no le alcanza y aceptaría un trago de agua, o alguien que decide hacerle un acto de bondad y él se lo retribuye dándole 3 minutos de alegría con una buena conversación, y una lección. Quizás ese día entendamos que realmente no sabemos nada de la vida, de la felicidad y de cómo ser humanos, y quizás ese día queramos comenzar a aprender.
Gracias, señor de los perritos, por recordarme que el dinero no compra la felicidad, y que lo importante en esta vida es tener siempre una buena compañía con quien compartir cada momento. Y ya que lo menciona señor, yo también pienso que los perritos se van al cielo.