El invierno de tu recuerdo ha vuelto. Los tejados reciben con hospitalidad las primeras gotas de lluvia. Las nubes, con sus mórbidos y abultados cuerpos ocultan detrás de sí al que fue mi amigo durante estos largos meses.
Miro hacia el horizonte, anhelando tu regreso. Las heladas ráfagas de viento acarician mis mejillas, disipando el remanente de una lágrima solitaria.
He me aquí, sentada en la ventana de la remembranza, escrutando cada instante de ese abominable día. Todas las noches, tu nefasto espectro, cabalga los valles de mis pensamientos, empañando con su cínica silueta los cristales de mi cordura. Imploro a los dioses sosiego para mi apesadumbrada y menoscabada alma.
Con cada paso que doy, el descomunal peso de mis tormentos hace crujir la vieja madera del piso. Al entrar a tu despacho, aún logro percibir el aroma fehaciente de tus méritos. Algunas veces, para menguar la hoguera de mi desconsuelo, simulo que estás aquí, haciéndome compañía, sólo que oculto en las entrañas de ese sauce que solías pintar. Las diminutas florecillas silvestres, con su tenue y nostálgica fragancia, han perecido en la vigilia de tu retorno.
Intento no desfallecer, pero cualquier esfuerzo me resulta en vano cuando mis fatigadas piernas flaquean, haciéndome caer. Lo que perdura de ti son sólo recuerdos, los cuales se irán disgregando como la bruma con el transcurrir de los años. Resignado, mi espíritu se desvanece en la abismal fosa de la desolación.