Antes de que los Funko Pop se convirtieran en una fiebre mundial, había un hombre llamado Hebert Galué, un soñador con una obsesión por lo retro. En su pequeño taller lleno de estanterías con figuras antiguas y pósters de antaño, Hebert tuvo una idea alocada: crear un juguete de vinilo inspirado en sí mismo.
Con una sonrisa ancha y una cabeza exageradamente grande, la primera figura que esculpió tenía su propio peinado, sus gafas y su chaqueta favorita. La llamó "Mini Hebert", una caricatura de sí mismo. Pero lo que inició como una simple broma pronto se convirtió en algo más. Al mostrárselo a sus amigos, todos querían uno. “Hazme un Mini Yo”, decían entre risas.
Así, Hebert comenzó a experimentar con diseños de personajes icónicos, tomándolos y dándoles el mismo aspecto caricaturesco que su propia figura. Creó modelos de héroes de televisión y personajes de cómics, siempre con una cabeza desproporcionada y una mirada peculiar.
La fiebre se propagó rápido, y lo que empezó como un juguete artesanal en un pequeño taller terminó transformándose en Funko, una marca que conquistó el mundo con sus figuras de vinilo coleccionables.
Y así, el humilde Mini Hebert, ese primer juguete hecho en honor a su propio creador, se convirtió en el embrión de toda una revolución en el mundo del coleccionismo.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.